viernes, 17 de noviembre de 2017

Un banquete a lo grande (II)





Como decía en mi trabajo anterior, aquel banquete estuvo presidido por el presidente de la República, señor Loubet. Constaba de lo siguiente:

Hors d’oeuvre
Darnes de saumon glaces Parisiense
Filet de boeuf en Bellavue
Pains de canetons de Rouen
Poulardes de Bresse roties
Ballotines de faisans Saint-Hubert
Salade Potel
Glaces succes Coudé
Dessert

Vins.
Preignac et Saint-Julien en carrafes
Haut-Sauternes
Beaune Margaux J. Calvet 1887
Champagne Montebello
Café
Rhum Saint-James
Liqueurs

Si les digo la verdad, ignoro si existe algo parecido en los registros culinarios de que se tienen noticia.  Los materiales empleados fueron los siguientes: 2.400 kilos de filetes de carne; 2.430 faisanes; 2.000 kilos de salmón; 1.200 litros de mayonesa; 60.000 panecillos; 1.000 kilos de uvas y 10.000 melocotones. Además de todo ello, se hicieron 3.000 litros de café y se consumieron 50.000 botellas de vino. La nómina del personal necesario en las cocinas, entre camareros, pinches, fregadores de platos, etcétera, sumaron 4.866 operarios. Ignoro el número de ramos de flores y banderitas necesarias para engalanar las mesas. La Exposición Universal de 1900 estuvo en activo entre el 15 de abril y el 12 de noviembre. Contó con una superficie de 120 hectáreas, fue visitada por 50.860.801 personas, participaron 58 países y su coste final fue de 18.746.186 dólares. La Estación de Orsay (hoy Museo de Orsay), el Puente de Alejandro III, el Petit Palais, el Grand Palais (ambos construidos sobre el emplazamiento del Palacio de la Industria, fruto de una exposición precedente y universal de 1855) permanecen en la actualidad para orgullo de parisinos y admiración de visitantes. La Exposición  abarcó los Campos Elíseos, la Explanada de los Inválidos, el Trocadero, Champs de Mars, al pié de la Torre Eiffel, con más de 36 puertas de entrada La más importante ubicada en la Place  de la Concorde, sobresaliendo la figura alegórica de la “Ville de Paris”, obra de Moreau-Vauthier. Una estupenda manera de terminar el siglo XIX.
 

Un banquete a lo grande (I)





Se trata del banquete ofrecido por el Gobierno de Francia en 1900 a todos los alcaldes de la República. Pese a que todos ellos no pudieron asistir, los comensales pasaron de veintidós mil. El encargado de la organización fue Bouvard, que  necesitó dieciocho días para poner en marcha la comida en los jardines de las Tullerías, donde se instalaron las necesarias carpas por la casa E.Cauvin Yvose, tal y como lo describe Natalio Rivas en su “Séptima parte del Anecdotario Histórico Contemporáneo”. (Editora Nacional. Madrid, 1953, pp.169 a 171). Para que podamos hacernos una idea del tamaño de aquellas carpas, la mayor medía 521 metros de largo por 28’5 de ancho, y las cocinas medían 12.000 metros cuadrados, con una superficie total de 4 hectáreas.  Los detalles de cubertería, flores, sillas, etcétera, corrieron a cargo de la empresa Potel et Chabot. Aquel banquete estuvo presidido por el entonces séptimo presidente durante la Tercera República Francesa, Émile  Loubet, elegido en febrero de 1899, sustituyendo al anterior presidente, Félix Faure. Durante su mandato se produjo el famoso Caso Dreyfus. Como decía, también asistieron al ágape todos los miembros del Gobierno, los presidentes de los Cuerpos Legisladores y el comisario de la Exposición Universal de París. Como dato significativo, en aquella Exposición Universal, el catedrático de Física y sacerdote Eugenio Cuadrado Benéitez presentó su “excitador eléctrico universal” que fue bautizado con el nombre de “La Centella”, siendo galardonado con una Medalla de Oro. Aquel mecanismo permitía obtener Rayos Roentgen mediante energía electrostática. Manuel Manzanas, alistano de Trebazos, recordaba una curiosidad anecdótica: “Encontrándome en el bar Ñicos, en Trebazos, aparece don Ramón Rodríguez, párroco de Trabazos desde hace mas de cincuenta años y quien al comentarle el hallazgo, me refiere haberlo vivido en primera persona, ofreciéndose a enseñármelo cuando gustase, por existir un modelo en el museo del Seminario de Zamora. Me contó, que en una ocasión la habían desarmado para cambiarla de lugar y que luego habían tenido dificultades para volver a montarla y que consistía en un ‘disco metálico, con unos pinchos’, que se accionaba con una manivela, que lo hacía girar. Al girar, los ‘pinchos’ se frotaban sobre unas ‘escobillas’, de las que salían dos cables, uno positivo y otro negativo, que conducían la electricidad, que así se obtenía hasta unas botellas, que actuaban como baterías acumuladoras. Los seminaristas utilizaban ‘La Centella’, para darse, duchas eléctricas. Mojaban la superficie sobre la que colocaban los pies y a las que se conectaba uno de los cables y sobre la cabeza había un dispositivo, como la alcachofa de una ducha, con unos pinchos, al que iba conectado el otro cable. Al accionar la manivela se producía la electricidad, que en última instancia llegaba a la ducha, y que atravesaba al duchando, entrando por la cabeza y produciendo una sensación de ‘culebrinas’, muy curiosa”. En aquella Exposición Universal, a la que se entraba por la Torre Eiffel, tuvo como comisario a Charles Adolph Alphande. En la mente de los franceses estaba una corrida de toros en el coso construido por Mariano Hernando de Larramendi, en el Campo de Marte. Se había inaugurado años antes, el 20 de junio de 1889, con motivo de la anterior Exposición, donde actuaron los maestros Antonio Carmona ''El Gordito'', Fernando Gómez ''El Gallo'' y Juan Ruiz ''Lagartija''. Estuvo presente en aquella recordada corrida la ya exreina de España, Isabel II. La plaza desapareción pocos meses más tarde. El Grand Prix de la Exposición de 1900 fue para la cervecera Heineken.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Anson, injusto con Suárez


Me parece injusto el artículo de Luis María Anson de hoy en El Mundo, cuando señala a los, según él, verdaderos artífices de la transición en España. Y me parece injusto por defecto. Dice Anson que lo fueronJuan Carlos I, que tenía la fuerza del Ejército; el cardenal Tarancón, que tenía la fuerza de la Iglesia; Marcelino Camacho, que tenía la fuerza obrera; Felipe González, que tenía la fuerza de los votos. Fernández-Miranda, Suárez, Gutiérrez Mellado, incluso Don Juan de Borbón, fueron comparsas en aquella construcción que parecía imposible”. A mi entender, Anson es injusto con la figura de Adolfo Suárez. Como señalaba  Bernardo Olabarría (ABC, 21/03/14), “su vida es una sucesión de hitos políticos, de relaciones con personalidades de todos los ámbitos. La vida de un hombre de Estado a ratos amargo, harto de encajar golpes, algunos con una saña desmedida. Gobernó cuatro años y siete meses, con cinco gabinetes distintos, diversas remodelaciones y un total de 58 ministros diferentes. Tuvo que afrontar dos intentos de golpe de Estado —en noviembre de 1978, la llamada ‘Operación Galaxia’, y el 23 de febrero de 1981, con el asalto al Congreso encabezado por el coronel Tejero—, en un momento en que la joven y aún débil democracia parecía tambalearse”. Además de todo ello, puso en marcha la maniobra más arriesgada: tuvo la valentía de legalizar el Partido Comunista de España después de haber estado más de 40 años proscrito. Aquel Sábado de Gloria, 9 de abril de 1977, España por fin se equiparaba a las democracias europeas. Por eso digo que Ansón no es justo con la memoria de Adolfo Suárez. Para mí no fue comparsa de la Transición sino el cigüeñal de aquel motor varias veces a punto de griparse. Y los españoles lo saben.

El becerro de los huevos de oro





Lo de la Iglesia (que dicen que “somos todos” pero está dominada por unos pocos) es de libro. Un ejemplo: la Colegiata de Santa María, de Calatayud. Necesitaba arreglos. Se hicieron. El Ministerio de Fomento, el Ayuntamiento de Calatayud y el Obispado de Tarazona firmaron en septiembre de 2016 un convenio para profundizar en su rehabilitación, con un  presupuesto del Estado y una aportación municipal. La idea era que se pudiese abrir al culto y a las visitas guiadas en 2019. En el documento en su día firmado por la Secretaría de Estado de Infraestructuras, el Estado se comprometía a invertir 2.181.450 millones de euros en varias fases, el Ayuntamiento de Calatayud ayudaría con otros 900.000 euros y el Obispado de Tarazona añadiría una aportación que desconozco. En su día, me refiero al año pasado, dijo el alcalde Aranda que esas reformas de la Colegiata iban a ser “un revulsivo para el turismo”. No sé. Revulsivo, como adjetivo, significa que produce un cambio importante, generalmente favorable. Pero la RAE también reconoce dos acepciones de ese término, relacionadas con la Medicina. Y como el alcalde Aranda es médico, será necesario tocar madera. Un fármaco revulsivo es el que induce la revulsión, es decir, una inflamación de las mucosas como mecanismo curativo; verbigracia: las sustancias purgantes y las que producen vómitos. Y en el lenguaje coloquial, se utiliza como aquello que está en condiciones de modificar algo. Pero revulsivo, también, puede referirse a algo que modifica las condiciones existentes. Y ahí voy. En efecto. Esas condiciones existentes ya se han modificado. De momento, la Iglesia Católica acaba de inscribir la Colegiata de Santa María como de su propiedad. Consta la inscribió en el Registro de la Propiedad de Calatayud en 2015. Se ha sabido dos años después, o sea, ahora, lo que parece un despropósito. Concretamente, fue el 26 de marzo de 2015 cuando el Obispado de Tarazona hizo esa solicitud en el Registro de la Propiedad de la Colegiata, incluida en la lista del Patrimonio mundial de la UNESCO. Se acreditó mediante un certificado que la Colegiata estaba dedicada al culto católico desde hacía más de ocho siglos. Finalmente quedó inscrita en el Registro con un ridículo valor catastral de 460.628’43 euros, con una certificación de superficie de parcela de 2.986 metros cuadrados, y unas dependencias construidas que añaden 6.502,7 metros cuadrados. Para facilitarle al Ayuntamiento la captación de fondos públicos con los que restaurar la Colegiata, el Obispado le había otorgado en diciembre de 2014 una cesión de uso cultural con ciertas condiciones. En resumidas cuentas: el Estado y el Municipio pagan los necesarios arreglos, la Iglesia Católica la inscribe posteriormente como propiedad suya; y ahora, ¿qué pasará? Pues, sencillamente, que unos espabilados funcionarios del Cielo, adoradores del becerro de los huevos de oro, que son más gordos que los del caballo de Espartero en el Espolón de Logroño, cobrarán la entrada al ciudadano que desee visitar la Colegiata de Calatayud, como viene sucediendo vergonzosamente en La Seo zaragozana y en todas las catedrales de España.

martes, 14 de noviembre de 2017

Para inventos, los del 'TBO'





Hoy, al abrir Google, me entero de la curiosa efeméride de que hace justo 131 años se inventó la perforadora de papel por un alemán, Friedrich Soennecken, que posteriormente ideó la carpeta de anillas. Un invento llevó al otro, no está mal. Pero en cuestiones de inventos, nosotros tuvimos al doctor Franz de Copenhague, que cada semana ideaba los más ingeniosos artefactos estrafalarios como, verbigracia, un limpiador de gafas para motoristas compuesto de cisterna, bomba hidráulica, campana y elefante asiático; el coche salta-vallas; el huevo con cáscara de cristal, etcétera. Un personaje del TBO que comenzó con Nit en la década de los 40, siguió con Tínez en los 50 y terminó con Benejam, Francesc Tur y Sabatés en los 60. Nit, era el seudónimo de Juan Macías, que ya había dibujado viñetas para Flechas y Pelayos y para Gente Menuda, entre otros encargos, algunos “galantes”, que era como se llamaba entonces a los dibujos eróticos. Era perito mecánico y antes de la Guerra Civil llegó a construir un simple automóvil con el que circulaba alegremente por Barcelona. El primer número de TBO (el de la imagen) salió a la calle el 11 de marzo de 1917 desde el taller de litografía de Arturo Suárez en Barcelona. Estaba impreso en tinta azul, tenía un formato de 17x 24 cm., ocho páginas y costaba cinco céntimos. El primer editorial advertía: “TBO no se propone cansar las jóvenes imaginaciones con arduos problemas ni serias doctrinas que, a veces, por una retorcida interpretación, llevan a la juventud por senderos perjudiciales... Un algo superficial, fácil, alegre y chistoso, sin traspasar los justos límites ni llegar a lo chabacano. En una palabra, el chico necesita un juguete literario. TBO es el juguete que hemos confeccionado”. Sobre el origen de la cabecera contaba Rosa Segura, antigua secretaria de la revista (que, además de la secretaría, llevó el “Correo del lector”, “De todo un poco” y algunos guiones de “La familia Ulises”), que “viendo en 1917 el éxito de la revista infantil 'En Patufet', Joaquín Arqués, administrador y guionista del impresor Arturo Suárez, le sugirió a este lanzar ellos una publicación para jóvenes que además les serviría para amortizar la maquinaria. Arqués era también libretista y autor de zarzuelas y propuso el nombre inspirándose en el de una revista lírica estrenada en 1909 llamada ‘T.B.O.’,de Eduardo Montesinos y Ángel Torres del Álamo, que trataba sobre la redacción de un nuevo diario imaginario con ese mismo nombre. Joaquin Buigas compró por 3.000 pesetas la cabecera a Suárez, su futuro yerno, que tras unos pocos números pensaba cerrarla. Buigas lo hacía y decidía todo y casi todos los guiones eran suyos, aunque no firmó ninguno”. Fue tan popular el TBO que, en 1968, la palabra ‘tebeo’ pasó al Diccionario de la RAE como acepción genérica referida a revistas infantiles y juveniles, equivalente a lo que hoy se conoce por comic. El TBO tuvo un encontronazo grave con la censura por una viñeta de 1951 del dibujante Manuel Díaz en la sección 'El ojo electrónico', de bromas y curiosidades, donde decía: “Blas Pérez ha descubierto un poderoso reconstituyente a base de chuletas, longaniza, jamón, pollo asado y langosta. ¡Qué eminencias tenemos!”. El problema era que el ministro de Gobernación también se llamaba Blas Pérez. Se le impuso una multa de 12.000 pesetas. La aventura de TBO terminó en 1983 aplastado por la competencia de Editorial Bruguera, pero esa es una larga historia.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Aclarado queda





Existe en Sevilla una polémica en torno la actuación de las monjas franciscanas clarisas de Santa Inés y la Junta de Andalucía con motivo de la restauración del órgano de su capilla. La Junta de Andalucía sostiene que las monjas han vulnerado la Ley 14/2007, de 26 de noviembre, del Patrimonio Histórico de Andalucía, en relación con las actuaciones llevadas a cabo en el órgano del coro bajo de la Iglesia del Convento y sostiene que la intervención en dicho bien está sometida al régimen de autorización previa por parte de la Administración competente en materia de patrimonio histórico ya que el órgano pertenece al convento de Santa Inés, fundado en 1374 por María Coronel y declarado Bien de Interés Cultural y Monumento Histórico-Artístico en 1983. En este sentido, El Correo de Andalucía nos pone en antecedentes: “El 11 de enero de este año la Fundación Alqvimia Musicae, que para entonces tenía poco más de un año de vida, pues el próximo mes de diciembre cumplirá su segundo aniversario, inició un proyecto para restaurar el órgano del convento de Santa Inés que inspiró a Gustavo Adolfo Bécquer su leyenda ‘Maese Pérez el organista’. Ante su grave deterioro, la priora de esta comunidad de monjas de clausura,  Rebeca Cervantes, autorizó al frente de los trabajos al músico Abraham Martínez, fundador de Alqvimia. El órgano de Santa Inés se desmontó y se desplazó el mismo 11 de enero al taller de restauración de Jorge Anillo en Alcalá del Río (Sevilla). Alqvimia anunció a los medios que se haría cargo del 75% del importe total de la intervención y que ésta quedaría a cargo de un equipo de especialistas bajo la dirección de Abraham Martínez, que había trabajado para la diócesis de Sevilla y la Catedral de Jerez así como en la restauración en 2011 del órgano de la parroquia de Alcalá del Río”. En consecuencia, la Junta de Andalucía ha iniciado los trámites de un expediente sancionador a las monjas responsables del Convento de Santa Inés, donde se estima una sanción de 20.000 euros por el traslado el órgano al taller de restauración de Jorge Anillo y de 150.000 por llevar a cabo la restauración integral del órgano y de todos sus elementos sonoros y mecánicos sin la autorización previa. La Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía, en su artículo 145.1 establece que “las personas propietarias, titulares de derechos o simples poseedoras de bienes inscritos en el Catálogo General del Patrimonio Histórico Andaluz, además de las obligaciones establecidas en otros preceptos, deberán, antes de efectuar cualquier cambio de ubicación de dichos bienes, notificarlo a la Consejería competente en materia de patrimonio histórico” (en este caso a la Delegación Territorial de Cultura, Turismo y Deporte de la Junta). Sólo se exceptúa de esta obligación el cambio de ubicación dentro del mismo inmueble en el que esté el bien”. Del mismo modo, el artículo 45.1 establece que “los bienes muebles inscritos en el Catálogo General del Patrimonio Histórico como Bien de Interés Cultural no podrán ser sometidos a tratamiento alguno sin autorización expresa de la Consejería competente en materia de patrimonio histórico”. Aclarado queda.

sábado, 11 de noviembre de 2017

Señoritos





Hoy me ha hecho gracia, que no está mal para arreglar el día de san Martín de Tours, Antonio Burgos con su artículo “La plaza de señorito” en la edición sevillana de ABC. Y sobre el conjunto de su exposición periodística, casi siempre sagaz, resalto dos cosas: una, el viejo dicho: “Señores de Sevilla, señoritos de Jerez y gente de Cádiz”. No sé qué serán los de Córdoba, tan sieso maníos para los sevillanos; y dos, lo que le decía Fermín Bohórquez Escribano: “¿Señoritos en El Lebrero?”. “¡Tós tiesos, Antonio, tós tiesos!”. Pues sí, la verdad. Aquí estamos todos más tiesos que la mojama. Mucho visón y poco jamón. Por estos pagos carpetovetónicos ya nos clarea la raspa y parece como si se nos saliese del cuello el corbatín. Somos como antiguos maestros de escuela, que sabían lo que eran la bisectriz y la hipotenusa pero desconocían el agradable olor de un contundente cocido madrileño. Ya sabemos todos de qué pie cojeamos. De nada sirve que salgamos a la puerta del bar con un gin- tonic en copa de balón, encanijada chaqueta de mil rayas, desmayado pañuelo en el bolsillo superior, mocasines sin calcetines y peinados con mucha gomina, dispuestos a encender un cigarrillo y hacer saludines. Ni que sea el sevillano barrio de Los Remedios ni que sea El Tubo, de Zaragoza. Ya digo, todos más tiesos que la mojama, como aquella mojama que ofrecía en Sevilla al detall un hombre magro frente al bar Iruña, en la calle San Eloy, a principios de los 70, cuando yo me buscaba la vida en el Sur. Todo tiende a la estratificación, también los recuerdos.