lunes, 19 de febrero de 2018

Desinflando el globo




Acaba de aparece un libro del historiador Antonio Peiró Arroyo (“El golpe de Estado del general Palafox”, Universidad de Zaragoza, 2018) donde su autor asegura que ese presunto artífice de los Sitios de Zaragoza no tuvo nada de héroe. José Rebolledo de Palafox y Melzi (Zaragoza, 1776-Madrid, 1847) según Peiró fue un auténtico desastre.La batalla de Alagón fue un fracaso; con la excusa de buscar refuerzos huyó cuando los franceses estaban a punto de entrar en la ciudad en agosto de 1808, más tarde se encerró en la ciudad con sus tropas…”. Señala su autor que  “la versión oficial del propio Palafox, es que fue enviado a Zaragoza por Fernando VII para levantar en armas el Reino de Aragón. El capitán general Guillelmi le dijo que nada de eso, así que en lugar de cumplir las órdenes reales se fue a La Alfranca a esperar. Un buen día apareció por allí Jorge Ibor, alias “Cuellocorto”, acompañado de Mariano Cerezo y le escoltaron a Zaragoza, donde fue aclamado”. Guillelmi fue destituido de su cargo y terminó preso en La Aljafería. Nos quedamos con eso. Se sabe de Palafox  que llegó a ostentar la Capitanía  General de Aragón y que mandó el ejército de observación del Centro hasta 1816.  En diciembre de 1814 terminó Goya su retrato ecuestre, pintado de memoria. Se trata de un oleo sobre tabla que se encuentra en el Museo del Prado. Al disolverse el ejército revolucionario, publicó las proclamas Aragoneses y Soldados, ambas en el Cuartel General de Calatayud, el 31 de enero de 1816;  pasó, después, a la Junta de Fortificación y a la Cámara de Guerra, en ésta última con carácter de camarista nato. Durante los Sitios de Zaragoza, Palafox cayó enfermo y fue sustituido por Pedro María Ric, que rindió la ciudad a los franceses. Y ya puestos, también entiendo que la figura de Agustina Zaragoza Doménech también se ha idealizado. Perece ser que esa mujer, al igual que otras, servía como abastecedora de comida a las guarniciones de soldados del  Portillo y que, en un momento dado, tomo el botafuego de un artillero que acababa de morir y disparó el cañón contra la avanzadilla francesa.

Vivir para ver...





Parece normal que un país, en este caso España, que apuesta por el turismo masivo, inunde las ciudades de veladores, bares y hoteles. Los locales, ya se sabe, o están cerrados por aquel  “Decreto Boyersobre arrendamientos urbanos (Decreto Ley 2/1985, de 30 de abril de medidas de política económica) que ha terminado para siempre con la “renta antigua” en los locales de negocio, al permitir que se haya aumentado considerablemente el precio de los alquileres, o están ocupados por negocios franquiciados  que buscan hacerse un hueco en zonas muy transitadas. Posteriormente a aquella medida auspiciada por el ministro socialista, que tenía de socialista lo que yo de bombero, hubo varios textos refundidos. En resumidas cuentas,  por no cansar mucho al lector: a día de hoy, al interpretar los contratos hay que tener presente siempre esta fecha, 9 de mayo de 1985, pues dependiendo de la misma, si un arrendamiento es posterior o no, la duración será una u otra. Precisamente la actual Ley de Arrendamientos Urbanos 29/1994 de 24 de noviembre, en sus Disposiciones Transitorias divide los contratos en función de esta trascendental fecha, “contratos de arrendamiento posteriores al 9 de mayo de 1985” en su Disposición Transitoria Primera; “contratos de arrendamiento de vivienda anteriores al 9 de mayo de 1985” en la Disposición Transitoria Segunda y “contratos de arrendamiento de local anteriores al 9 de mayo de 1985” en la Disposición Transitoria Tercera. En consecuencia, a partir del 1 de enero de 2015 bajaron la persiana para siempre muchos establecimientos comerciales, algunos centenarios que pasaron de pagar una modesta renta de alquiler a multiplicar, en algunos casos hasta diez veces, su factura. También ha desaparecido la prórroga forzosa para el arrendador. Algo similar ha sucedido con los alquileres de viviendas al liberalizarse. No hay día que pase sin que cierre una tienda “de toda la vida” y se transforme en un establecimiento de fast food, de ropa low cost,  en un salón de apuestas deportivas, o en un bazar regentado por asiáticos. Y de la misma manera, que en los pisos situados en lugares céntricos se desahucie a unos ancianos que viven de alquiler para ser transformados en viviendas de alquiler turístico, que ya representa una imponente industria en España y que, sorprendentemente, todavía no cuenta con un encaje regulatorio. Está claro que Miguel Boyer, como Inés de Castro, ha “reinado” después de morir.

domingo, 18 de febrero de 2018

El Ratoncito Pérez son los padres




Ahora me entero de que el Ratoncito Pérez son los padres. Por eso, cuando acabo de perder una muela, nadie me ha puesto bajo la almohada un regalo. Tampoco lo esperaba. Ya no tengo padres ni apoyo mi cabeza sobre almohada de miraguano. De niño, los dientes se recogían en una cajita y se guardaban en el fondo de un armario. De inmediato aparecía otro con raíces más hondas para suplir el diente perdido. Hasta que un buen día descubrí que el Ratoncito Pérez no existía y que nunca vivió en una caja de galletas Huntley en la Confitería Prast, en el número 8 de la madrileña calle Arenal. Todo fue un cuento que Luis Coloma escribió para el futuro Alfonso XIII cuando era niño. Coloma, como digo, desarrolló un relato de doce páginas en torno al rey Buby I. Buby era el nombre familiar con el que María Cristina de Habsburgo-Lorena, apodada como Doña Virtudes, entonces regente de España, denominaba cariñosamente al hijo fruto de su tercer embarazo. Años más tarde se opondría frontalmente a la aceptación por parte de su hijo del golpe de Estado de Primo de Rivera, en septiembre de 1923.  Intuía que ello perjudicaría a la Corona, como así fue con el posterior Pacto de San Sebastián  (17 de agosto de 1930)  promovido por la Alianza Republicana. Llega un momento de la vida en el que dejamos de creer en los Reyes Magos, en el Ratoncito Pérez, en los milagros atribuidos a los santos, en las apariciones marianas y en los discursos rimbombantes de los políticos, siempre ofreciendo puentes donde no hay ríos. Sí, el Ratoncito Pérez es un relato; los Reyes Magos, una ilusión infantil; los milagros y las apariciones, una cuestión de creencias religiosas; y los discursos políticos con ofrecimientos imposibles, una señal evidente de que nos toman por tontos con aquello del palo y la zanahoria.



sábado, 17 de febrero de 2018

Un roto para un descosido





Hoy, hace 182 años, nació en la calle Conde de Barajas, de Sevilla,  el poeta del amor y del dolor. El diario El País me alegra la mañana con una lacónica entrevista que Juan Cruz hace  a Juan José Millás en el Ateneo de Madrid a propósito de su último libro, “Que nadie duerma” (Alfaguara). Millás es un hombre sorprendente. Dice que el despacho de Manuel Azaña pone los pelos de punta. Y cuenta que su último trabajo  “es un delirio dentro del delirio. La mujer protagonista de la novela se hace taxista por amor; se enamora de un hombre al que ha visto una sola vez, y cree que haciéndose taxista alguna vez él la parará desde una esquina”. También hoy, en el mismo diario, aparece un artículo de Millás, “Sentimiento de culpa”, con un final incierto. “Un amigo mío –cuenta Millás- salió del médico con un envase de plástico esterilizado en el que tenía que hacer el primer pis de la mañana. Me telefoneó desde el coche para preguntar si el primer pis de la mañana era el de las seis o el de las ocho. Opiné que el de las seis y ahí quedó la cosa. Esto fue un miércoles por la tarde. A primera hora del jueves, mi amigo murió de un infarto. Me acerqué a su casa para dar apoyo a la viuda y al cabo de un rato tuve la necesidad de ir al baño. Entonces vi sobre el lavabo el frasco esterilizado con el primer pis de la mañana de mi amigo…”. Le contó la viuda que su marido se había muerto al agacharse en la cocina para recoger una bolsita de té verde que se le había caído al suelo. Le dijo que el frasco con la orina lo tenía en el cuarto de baño. Al marcharse, la viuda le pidió a Millás que le hiciera el favor de tirarlo en un contenedor. El caso es que  Millás se lo llevó a casa y ahora no sabía qué hacer con él. A mí se me ocurre que,  por ejemplo,  podría derramar esa orina sobre una maceta de geranios. Igual resultaba que el rojo de sus flores evolucionaba hacia el índigo, hacia el amarillo, o vaya usted a saber.  O, a una mala, entregarle el pequeño frasquito con su contenido al deán del Cabildo de la Catedral de León, es decir, a don Antonio Trobajo Díaz. La Iglesia Católica, que ya cuenta con portal online,  suele sacar siempre partido de aquello que se le dona, sea un terreno, una casa solariega, un soto en el Parral, o la herencia de una señorona soltera con sobrinos siesos maníos. Si a esa orina del difunto se le añade algo de tintura roja, aquello puede convertirse en lo más parecido a la sangre licuada de Ordoño II, que combatió exitosamente contra los musulmanes y está enterrado en esa Catedral, en la girola, tras el altar mayor. Una cosa así como sucede con la sangre de san Genaro, que se conserva en la catedral de Nápoles, o la de san Pantaleón, contenida dentro de una ampolla depositada en el madrileño Real Monasterio de la Encarnación,  gobernado por monjas agustinas recoletas, que fue extraída de otra más grande existente en la Catedral de Ravello, en Italia. Como en la obra de Pirandello, así es (si así os parece), o sea.

viernes, 16 de febrero de 2018

Elogio del viejo periodismo





El periodismo de calle ha muerto para siempre como están muriendo a toda prisa los “periódicos de butacón”, aquellos diarios que, salvo los lunes, nos ocupaban toda una tarde y parte de la noche, si llegaba a casa una inoportuna visita y, cómo no, si incluíamos la lectura del horóscopo y el tiempo que nos llevaba hacer el crucigrama de Pedro Ocón de Oro, que también hizo jeroglíficos para las cajitas de cerillas de Fosforera Española. Nunca aportó las soluciones. Después de comer a mesa y mantel (no de cualquier manera, como se hace ahora) muchos españoles se sentaban en la butaca de orejas con un periódico del tamaño de una sábana y a los quince minutos ya están echando una cabezada. Los que como yo acostumbrábamos a leer el ABC, cuando el ABC era “el verdadero”, claro, lo teníamos mucho más fácil. El diario de la madrileña calle Serrano era de formato más reducido, aunque siempre a cinco columnas, y la bendita grapa  evitaba que cada hoja doble se fuese por un lado. Te despertabas de la siesta y seguías con la lectura de una “Tercera”, el problema de ajedrez, o el chiste de Mingote, que además de humorista y otras muchas cosas, fue alcalde de El Retiro por un día, concretamente el 16 de junio de 1982.  E incluso dictó un bando: “Que El Retiro se quede como está”. Podría escribir horas y horas sobre ese genio, al que una vez le pedí un autógrafo y me regaló un dibujito que tengo enmarcado. Pero como reza el título de una película de Rafael Azcona, “los muertos no se tocan, nene”. Como decía al comienzo, el periodismo ya no es lo que era.  Fueron desapareciendo cuando de las redacciones se trocó el tableteo de las ruidosas máquinas de escribir por los ordenadores, los ratones y unas  pantallas que estropeaban la vista. Ahora hay comunicadores, que es cosa diferente. Luchan por salir en las tertulias de las televisiones para aportar un ramillete de tópicos o para insultarse unos con otros de la forma más despiadada. También se ha perdido el “buen castellano”. Como dejó escrito Ignacio Ruiz-Quintano a propósito de la muerte de Manuel Martín Ferrand, “en periodismo, o se hace precisión, o se hace literatura, o le calla uno”. Recuerdo que en aquel mismo artículo, Ruiz-Quintano anotaba que “el clima determina muchas vocaciones”. Y ponía como ejemplo una charla entre Eugenio d’Ors y José María Pemán en el Hotel Norte y Londres, de Burgos.  Decía D’Ors a Pemán: “Aquí, mi querido Gran Capitán, no se puede hacer otra cosa que lo que hizo el Cid. Irse a conquistar Valencia para comer naranjas y bañarse en el Mare Nostrum… Lluvia, más lluvia, brumas… ¡Y luego esa catedral tan feísima!”. Se nota que a D’Ors no le gustaba el arte gótico y que brotaban de sus palabras su gran deseo de que las tropas rebeldes desalojaran el Gobierno de la República, entonces instalado en la capital del Turia, y también a Manuel Azaña de la casona en La Pobleta que adquirió José Noguera en 1926,  en pleno corazón de la Calderona, bajo el cobijo de los riscos de Rebalsadors y muy cerca de la cartuja de Portaceli, entre frondosos árboles…