martes, 1 de marzo de 2011

El tocino y la velocidad


Aquí hemos pasado de la guerra de los hosteleros contra el consumo de tabaco a la guerra del Gobierno contra la velocidad. Ahora sólo hace falta que los musulmanes residentes en España pasen a la guerra contra el consumo de tocino de cerdo. La cuestión es que siempre tengamos la carabina en posición de “prevengan”. ¿Cuál es la velocidad óptima para ahorrar gasolina? ¿Cuál es la cantidad adecuada de tocino de cerdo que debemos almorzar? ¿Cuántos cigarrillos debemos fumar, quienes fumamos, como máximo cada día? Lo cierto es que consumiendo menos gasolina, Hacienda ingresará menos parné. Lo mismo sucederá si dejamos de fumar. Y, también, si evitamos comer jamón, que lleva tocino, mandaremos a la ruina a los productores de Teruel, de Jabugo y de Trevélez. De nada servirá que las industrias cárnicas nos recuerden que el jamón contiene todos los aminoácidos esenciales, ácidos grasos insaturados, vitaminas y minerales. Si el Gobierno se empeña en afirmar que el tocino de jamón es letal, no servirán de nada los estudios del Centro Grand Forks de Investigación de Nutrición Humana ni lo que digan los portugueses que, por si las moscas, al jamón le llaman presunto. El Gobierno no es que haya confundido el tocino con la velocidad. Su verdadero problema es que ha confundido los orzuelos con los defectos del paisaje. La obsesión de ciertos pretendientes a suceder al hombre de la ceja llegado el momento, no les deja a tales pretendientes ver el bosque de desaciertos que están dejando a su paso. Se han hecho un lío con el BOE, donde ayer dijeron una cosa y hoy rectifican, con los entrecejos, esos acentos circunflejos condiacríticos con sentido etimológico, con el jamón de bellota, con el humo de los restoranes, con los velocímetros y hasta con el laudo de Pimentel, que no viene a cuento, pero que unos ministros suponen que es una rara especia con alto contenido en compuestos fenólicos traída por Colón desde América; y, otros, sospechan que se trata de un organillo que se encuentra en el oído interno. Valeriano Gómez, ¡el pobre!, se inclina más por conjeturar que se trata de un paquete de medidas que infunde poco rendibú.

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