jueves, 1 de septiembre de 2011

El Vaporcito


Se ha hundido El Vaporcito. Chocó contra el muelle del puerto de Cádiz y se fue escondiendo bajo el agua como esa dama decente que se tapa por pudor, por no enseñar sus vergüenzas. Ya sólo queda el recuerdo nostálgico del Adriano III y la canción de Paco Alba, o de Enrique Morente, que tanto da, con murmullo de caracolas: “Ay, Vaporcito del Puerto/ cuando en ti me embarco…”. Duraba media hora el viaje y costaba tres euros de vellón cubrir el trayecto Cádiz –El Puerto de Santa María. Según ha declarado la Autoridad Portuaria, compuesta por un ramillete de tipos de secano que todo lo controlan desde un despacho, “el barco estaba realizando maniobras de atraque cuando golpeó con la bocana del muelle, lo que le provocó una vía de agua”. ¡Pero hombre, en qué estaría pensando el timonel! La historia de El Vaporcito tiene su origen en 1929, cuando el Adriano I, procedente de los astilleros de Maniños y que hasta entonces había estado navegando por la ría de El Ferrol, llegó a la Bahía de Cádiz para cubrir la ruta Sanlúcar de Barrameda-Sevilla, con motivo de la Exposición Iberoamericana. A ese barco le siguió el Adriano II, que hizo el servicio El Puerto de Santa María-Cádiz entre 1932 y 1982. El Adriano III, construido en los astilleros de Vigo en 1955, era el último sucesor en activo. En 1999, la Junta de Andalucía lo había declarado Bien de Interés Cultural. A bordo del Adriano III se rodaron varias películas: “La Lola se va a los puertos” (adaptación para el cine de la obra teatral de los hermanos Machado, dirigida por Juan de Orduña en 1947, con Juanita Reina como protagonista, donde asomaba el cante de Pepe Pinto y el rasgueo de la guitarra de Melchor de Marchena.); “La becerrada” ( dirigida por José María Forqué en 1963, con guión de Jaime de Armiñán, con Fernando Fernán Gómez, Amparo Soler Leal, Nuria Torray y el adorno de varios toreros, entre ellos Antonio Bienvenida); y “Calle 54”, que es un documental, coproducido por España, Francia e Italia, dirigido Fernando Trueba en 2000, donde se presentan los mejores exponentes del jazz latino. En el reportaje aparecen imágenes de diversas ciudades y, también, de El Vaporcito. El Vaporcito se ha hundido acabando el farragosto, cuando todavía estaba de alivio de luto. A finales de 2010, en una fría mañana de invierno gris moría su timonel, José Fernández, más conocido como Pepe el del Vapor, que durante los últimos 50 años llevó con cordel de seda el buquecito, mitad golondrina, mitad vaporetto veneciano, con nostalgia de tiempos mejores. Desde 2005, dos modernos catamaranes hacían la ruta con ese aire de superioridad que detenta el nuevo rico cuando enseña a los vecinos el último cochazo. Permitió Pepe, cosa rara en un timonel, que un día cualquiera, por un solo día, al fin, ejerciera de patrón de El Vaporito nada menos que un marinero en tierra, Rafael Alberti: “Yo te hablaba a los luceros, / con la luna del espejo/ de una estrella volandera. / Fuera de la mar, / me perdí en la tierra”. El Vaporcito ya está, como Pepe el del Vapor, en el fondo de ese pozo azul y verde con espuma blanca donde reside toda la hipocondría.




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