domingo, 10 de marzo de 2013

Con peana, pero sin santo



En este país, de tanto hablar de Bárcenas y de los beneficios de Juan Roig, donde a los clientes de Mercadona se les llama “nuestros jefes”, se nos está olvidando charlar de lo cotidiano, es decir, de esos asuntos de los que se conversaba en un alarde de hablar por no callar y de esos tópicos añadidos como guinda de pastel con los que se aderezaban las pláticas para hacerlas más aceptables y llevaderas. Mangantes siempre los ha habido, tanto ahora como en la época del “No-Do”, cuando las empresas importantes eran del INI, cuando Santiago Foncillas siempre andaba de por medio y donde se inauguraban pantanos y pueblos de colonización a mayor gloria de Franco. La corrupción política no se explicaba ni  se debatía por razones obvias en un régimen totalitario. Todo lo más, se nos permitía criticar los retrasos de los trenes, los posibles errores en un regate de Gento, o el escandaloso “striptease” de Rita Hayworth  en  “Gilda”, con la sensual escena del guante. Al año siguiente de aquel rodaje de Vídor, o sea, en 1947, apareció por Barajas la reencarnación de la idealizada Gilda personificada en la madre de todos los descamisados, Eva Duarte, que llegaba a España para deslumbrarnos con su belleza y sus abalorios, concedernos un crédito de  350 millones de dólares a bajo interés y colocarnos los excedentes argentinos de trigo, maíz y carne congelada. Más tarde aparecería el “vente a Alemania, Pepe”. Como nos recordaba Juan Eslava,  “El Corte Inglés ofrecía el ‘ajuar completo del emigrante’ de acuerdo con las exigencias teutonas, que comprendían (además de estar sanos y libres de obligaciones durante la duración del contrato) llevar en la maleta lo siguiente: cuatro pares de calcetines, un par de calzoncillos y camisetas, tres camisas, dos pares de pañuelos, dos toallas, un traje, un pantalón, un jersey de lana, un abrigo, un par de botas, una bufanda, un gorro y los útiles de afeitar”. Los españoles de hoy nos hemos quedado con la peana pero sin el santo de cabecera, hemos perdido las referencias de los ídolos y las escarpias  en las que asirnos cuando las cosas van mal. Los jubilados pagan las medicinas en las farmacias y la Seguridad Social, que era lo poco útil que quedaba libre de toda sospecha al servicio del pobre, se está privatizando porque se ha descubierto que en la enfermedad ajena hay un nicho de negocio. Nos queda poder ir los lunes a rezar a San Nicolás, que cuentan que es muy milagrero, pero necesitamos salir de la indolencia y quitarnos de encima cuanto antes a un  Gobierno que no cumple lo que promete y vergonzosamente genuflexo ante los dictados de Merkel.

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