lunes, 11 de diciembre de 2017

Algo empieza a ir mal





Yo ya sospechaba algo que me acaba de corroborar Emérito Quintana: La hucha de las pensiones sólo es un artificio contable puesto que nunca ha existido. Es, supongo, un arma que siempre esgrime el Gobierno de turno para asustar a ocho millones u medio de pensionistas cuando se acercan las elecciones generales. Según Emérito Quintana, “los gobiernos siempre tuvieron la astucia de crear un presupuesto separado para el sistema de Seguridad Social, con sus respectivos impuestos, creando la ilusión de que la Seguridad Social no forma parte del Estado. En los sistemas de reparto no hay ningún ahorro, pues las contribuciones de los trabajadores de hoy sirven para pagar a los jubilados de hoy, pero en sus inicios este modelo generaba un gran superávit, ya que había millones de personas contribuyendo y sólo decenas de miles cobrando. Ese dinero extra la Seguridad Social lo invierte en deuda pública, compra bonos que emite el Estado, y el Estado recibe el dinero y se lo gasta ese mismo año. Al final, el dinero vuelve a las mismas manos y el Estado se debe ese dinero a sí mismo”. En suma, es como en el juego del trileo, la más cruel de las pantomimas. Los tres cubiletes y la bolita. Claro, hace falta la colaboración de unos compinches que actúen de ganchos. Una de las formas de convencer a las víctimas es apostando a la elección ganadora, y el estafador paga al apostador ganador que es obviamente su palero. El truco del estafador consiste en esconder la bolita entre las uñas para evitar que la víctima la localice. En algunos casos el estafador permite que una víctima que no es cómplice del fraude, acierte; esto lo hace generalmente cuando la apuesta de dinero es baja y tiene como objetivo atraer más incautos a la trampa. No cabe duda de que el actual sistema de reparto de las pensiones en España tiene un esquema de pirámide, siendo necesario que existan más trabajadores cotizantes en activo para poder pagar a los actuales pensionistas. Aquí, los “beneficiarios” (pensionistas) cobran del dinero de los nuevos “inversores” (trabajadores en activo). Lo que no está escrito en ningún sitio es que el Estado acostumbra a cambiar las reglas de juego en mitad de la partida. Inicialmente el sistema funcionaba porque los jubilados se morían pronto. Pero a medida que fue creciendo el sistema (o sea, cuando la esperanza de vida fue mayor) llegó un momento en el que a esos trileros les resultó más difícil engañar a gente nueva y eso hizo que los nuevos no fuesen “muchos” sino “pocos” en comparación con la gente que tenía que empezar a cobrar en el futuro cercano. Llegado ese momento crítico, el de ahora (con trabajos de baja calidad, alto paro, y mejores expectativas de vida), aquellos que montaron el sistema,  amenazan con subir los años de cotización para cobrar menor pensión y recomiendan hacer fondos de pensiones, en claro beneficio de la banca. Jo, ¡qué tropa! Aquí, como en todos los sistemas piramidales, algo empieza a ir mal, muy mal. Pero lo más triste, si cabe, es que a los trabajadores todavía en activo, casi sexagenarios y con un rabo de años cotizados a sus espaldas, se les engaña miserablemente cuando ya carecen de  capacidad de maniobra. A estos sacrificados ciudadanos, que por causa de la crisis económica se ven hoy obligados a ayudar a hijos y nietos, les ocurre como al perro herido, que jamás logra entender por qué le apalea su amo. Pese a todo, le lame. Pese a todo, les vota. ¡Que les compre quien lo entienda!

domingo, 10 de diciembre de 2017

Puentes





En la noche de ayer, sábado, pude ver en la primera cadena de TVE la película “Los puentes de Madison”, filmada en 1995 en uno de los 99 condados que tiene el Estado de Iowa. En concreto, el puente que se ve en la película es el de Roseman, en los alrededores de Winterset, pueblo natal de John Wayne. Aquellos puentes se construyeron con maderas nobles y se les incorporaron techos, que solían estar pintados del color de los establos, normalmente de rojo, para que los caballos no tuvieran miedo al cruzarlos. Son como viejos vagones de mercancías sin ruedas y varados en pleno campo. En la película se utiliza por el protagonista una cámara Nikon F, con lente de una sola distancia focal. La novela comienza: “There are songs that come free from the blue-eyed grass, from the dust of a thousand country roads. This is one of them...”.  En la actualidad sólo quedan 6 de aquellos 19 puentes originales del siglo XIX: los puentes Cedar, Cutler-Donahoe, Hogback, Holliwell,  Imes y el citado Roseman, construido éste en 1883 por  Benton Jones. Tiene 32 metros y medio de longitud y fue restaurado en parte para el rodaje de la película, basada en la novela “The Bridges of  Madison County” de Robert James Waller. El coste de aquella restauración fue de 152.515 dólares. En realidad sólo se utilizaron dos puentes para el rodaje: Roseman y Holliwell. El Roseman  es también conocido como el "puente embrujado". Cuanta una leyenda que dos policías se apostaron en él durante su construcción, en 1882, para atrapar a un fugitivo de la cárcel del condado, y que cuando éste llegó allí, exhaló un escalofriante alarido al tiempo que pegó un salto sobrehumano al techo del puente y desapareció para siempre. Según esa leyenda, ese hecho probó la inocencia del perseguido. Los puentes eran bautizados por el apellido de la familia más cercana a cada uno de ellos. Aquella película,  interpretada y dirigida por Clint Eastwood nos retrotrae a 1965, año en el que durante cuatro días se vive un intenso romance entre un fotógrafo que trabaja para la revista National GeographicMagazine y una mujer casada de origen italiano. Una historia que reflejará Francesca (la protagonista) en un diario dividido en cuatro partes que sus hijos descubrirán después de su muerte. Nunca he entendido la razón por la que siempre se pasan películas de aceptable calidad a altas horas de la noche. Y una de dos, o te mueres de sueño, o te marchas a dormir con gran fastidio. Normalmente optas por lo segundo. Por cierto, en la película descubro que el río (¿Middle?) que discurre bajo el puente Roseman se encuentra en pleno estiaje, con poquísima agua en su cauce, como sucede en España con el Ebro y el resto de los ríos de la vertiente mediterránea. 

sábado, 9 de diciembre de 2017

Pinceladas de acuarela





Estos días de frío ayudan a la lectura. Acabo de releer una obra de Alonso Zamora Vicente, “Primeras hojas”, (Espasa-Calpe, selecciones Austral. Madrid, 1985) donde el protagonista es él. Lleva prólogo de José Manuel Caballero Bonald y unas delicadas ilustraciones a plumilla de Julián Grau Santos. Me choca que Caballero, en su sesudo prólogo, siempre nombra a Zamora como “Zamora Vicente”, como si se tratase de un árbitro de fútbol. Pues bien, el libro parte de que “el manojo de recuerdos familiares, amontonado, se ordena en el álbum de fotografías”. Está escrito en primera persona, del singular o del plural. Para Caballero, Zamora es un nieto del 98 y un hijo o hermano menor del 27. Consta de 22 relatos y muchos de ellos, creo que once, terminan con una oración formada por un gerundio. Según Caballero, “puesto que, en términos gramaticales, esa forma verbal cumple también un papel modificador parecido al del adverbio, el hecho de que el escritor lo use tan reiteradamente a modo de colofón del relato, le otorga a éste un matiz de acción ininterrumpida, como de inciertas lontananzas temporales, donde el sujeto de la oración parece ser ya la propia materia narrativa generándose a sí misma”. Zamora no escribe. Zamora pinta acuarelas costumbristas de una infancia, la suya, con una madre recién muerta, unos paseos por el Madrid de principios de los años 20, ora en el paseo de Rosales o la Casa de Campo en tardes invernizas, ora en el cine, ora contando una fugaz escapada, ora de visita en casa de tía Plácida, que una tarde le regaló un “napoleón” de oro. En uno de sus primeros relatos cuenta: “Mi madre murió pronto. No murió en casa sino en un hospital de Carabanchel. Fuimos todos los hermanos a verla el día que la había operado, sin saber todavía que había muerto. Me pusieron los zapatos nuevos, que me apretaban mucho”. Zamora me recuerda en ese libro, marcando las distancias, claro, a la manera de escribir de Elena Fortún. En fin, todo el libro no es otra cosa que el monólogo dramático de un muchacho que nada en la zozobra, que se asoma al mundo de los mayores, o que permanece silente rodeado de crisantemos o cerca de un jazmín blanco, “que nos trajeron –dice- desde Extremadura”. Como sucedía con Celia.

domingo, 3 de diciembre de 2017

La sima del olvido




Conservo un librito, “Otras lecciones de cosas”, de Joaquín Pla Cargol, que me encanta releer. Es una edición en cartoné  (Ed. Dalmáu Carles, Pla, Gerona, 1935) con 150 grabados. Parece increíble cómo en apenas 200 páginas se puede escribir de microbios, volcanes, la navegación submarina, la radiotelegrafía, los tiempos cosmogónicos, etcétera. Por ejemplo, sobre los dirigibles, se hace referencia a la importantísima línea Sevilla-Buenos Aires, servida por zeppelines que realizaban el viaje en poco más de 3 días. Y al referirse a las razas humanas, se señala que “la raza negra tiene el color negruzco-azulado, los labios muy grandes y prominentes, la nariz exageradamente ancha, cabello negrísimo, ensortijado, y pómulos muy salientes”. Descrito de esa manera, da la sensación de que se estuviera refiriendo al fantasma de Los Monegros. En fin, “Otras lecciones de cosas”  es como la continuación de “Lecciones de cosas”, aquel manual pedagógico de principios del siglo XX tan socorrido en las ayudas a educandos. Según Juan Carlos Delgado Madrid (ABC, 18/01/2008) el libro “Lecciones de cosas” (predecesor de “Otras lecciones de cosas”) “fue compañero de los trabajos y los días de la infancia y de los maestros. Detrás de cada página había un intento de iniciar a los pequeños lectores en numerosos conocimientos y despertar la observación, la intuición y la invención por medio de la iconografía”. Estos días de frío viene bien repasar esos libros que duermen en una repisa llenos de polvo y olvido, junto a la edición encuadernada de “Gente Menuda” (hasta junio de 1936), “El Tesoro de la Juventud”, algunos libros de asuntos regionales en su día donados por las cajas de ahorro a cambio de ingresar algún dinero en la cartilla, unos viejos tratados de contabilidad de León Batardón y algunos ejemplares de “La Novela Corta” con escritores de la talla de Zamacois, Cansinos Asens, Álvaro de Retana, Emilio Carrere, José Francés..., este último hoy tan olvidado. Ya pocos recuerdan a ese funcionario de Correos que a veces firmó con el seudónimo de Silvio Lago, que obtuvo el Premio Nacional de Teatro en 1948 con su tragedia “Judith: tragedia en seis jornadas”; que por ironías del destino nunca se representó en un escenario.

viernes, 1 de diciembre de 2017

No tiene gracia



Se me antoja excesivo desear cortarle la papada al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido Álvarez, con un cúter, “después de atarlo tumbado sobre una tabla de neurocirujano y estacarle la cabeza con tornillos y cordeles para que no se mueva ni un milímetro”, como ha descrito Jair Domínguez en el semanario Esguard. Por otro lado, me parece una cutrería utilizar un cúter existiendo el bisturí. En la cirugía estética suele utilizarse una determinada técnica para disimular las bandas de platisma que aparecen a cierta edad, pero la papada es otra cosa. Domínguez  explica que la cocinará y la servirá en un plato de porcelana blanca. “Disfrutaré –escribe- de aquel manjar como si fuera un guerrero korowai absorbiendo la fuerza del enemigo”. Recuerdo cuando en el TBO aparecían viñetas de unos africanos de color dando vueltas alrededor de una tinaja en la que había metido a un explorador para que se cociese lentamente, al estilo de cómo ejecutaba sus guisos un  franciscano de La Almunia de Doña Godina de nación y que pasó su vida en el convento de San Diego de Alcalá, de Zaragoza. Fray Raimundo Muñoz utilizó el seudónimo de Juan Altamiras para escribir su “Nuevo arte de cocina”. Supongo que  Jair Domínguez necesita la ayuda de un siquiatra. No debe tolerarse, ni en broma, que un ciudadano sobrepase los límites de su libertad de expresión, en este caso con su “Vull menjar-me la papada d’en Zoido”. Se puede ser nacionalista, se puede estar en contra de la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña y hasta se puede “aconsejar” una liposucción que mejore el aspecto físico de alguien que ejerce una función pública. Pero lo que no se debe tolerar en un Estado de Derecho es que cualquier sansirolé metido a escritor a la violeta use su libertad de expresión para reírse del prójimo, sea ministro, mecánico o barrendero. Cosa distinta es que se pueda criticar la forma de llevar a cabo el ejercicio de su ministerio.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Pueblos silentes



En España existen muchos pueblos casi vacíos. Hoy leo en El Mundo el caso de un médico de familia que ejerce en Aragón y está a punto de jubilarse, José Luis Remartínez, y sus patéticas declaraciones: “Sólo hacemos recetas y certificados de defunción.  Salíamos de la Facultad con lo justico, como cuando te dan el carné de conducir. Yo lo único que me llevé fue el maletín, el fonendoscopio y el aparato de la tensión. Rezaba el Padrenuestro todos los días...”. Ese diario señala sobre ese médico que “en su consultorio en Báguena, comarca del Jiloca, hay una bata blanca que sólo se pone para quitar tapones de los oídos, el póster de un esqueleto y la carta de agradecimiento que le escribieron unos niños en Navidad. Nada permite deducir que está de retirada, pese a que su jubilación tiene fecha: 26 de enero”. Y el doctor Remartínez asegura, medio en serio, medio en broma, que “lo primero que haré es ir al cementerio a pedir perdón”. No sé, se me antoja como un cuento triste de Chéjov. Los pequeños pueblos, cada vez más envejecidos, pierden maestros, sacerdotes, médicos, las oficinas de Farmacia y hasta cuarteles de la Guardia Civil. Son lugares donde ya no nacen niños y sólo se animan en verano, con la llegada de parientes desde otros lugares  con motivo de las fiestas patronales y que aprovechan para arramplar con lo que pillan. Pero a sus habitantes parece como si se les estuviese dejando vivir a su suerte. Lo malo llega con los largos inviernos, con pocas horas de luz y mucho tiempo para darle a la cabeza. Menos mal que disponen de aparatos de televisión y pueden ver en casa o en el café alguna película y el telediario que cuenta lo que sucede en el mundo. Tampoco les satisface. Escuchan que el PIB modera su crecimiento, que se estancan las exportaciones, que sube el recibo de la luz por culpa de la sequía, que se detecta un nuevo caso de vaca loca en Salamanca, que Pyongyang sigue lanzando cohetes... Y viendo noticias, telenovelas y un bombardeo de anuncios que no cesa, se quedan amodorrados y silentes al calor de la catalítica.

martes, 28 de noviembre de 2017

Crespillos aragoneses





Comenta la prensa aragonesa que  la sequía dispara el precio del cardo y de la uva de cara a las compras de Navidad. Ya me temía yo que la sequía sería la culpable del aumento en el recibo de la luz, de los productos cárnicos y de los productos del campo. Menos mal que del aumento del precio de los peces no se dice nada, al menos todavía. Pero todo se andará. Ya verán lo que cuestan el besugo, las ostras y los carabineros, por poner sólo tres ejemplos, dentro de quince días. Menos mal que no tengo costumbre de comer uvas con las doce campanadas ni siento placer alguno comiendo cardo. Lo de tomar las doce uvas me parece una ordinariez. Según Gabriel Medina Vílchez (“Origen de tomar las doce uvas en España”. República de Motril, núm.20, 27/12/2009), “la tradición de comer las uvas tiene el precedente de un bando del alcalde de MadridJosé Abascal  Carredano, de diciembre de 1882, por el que se imponía una cuota de 1 duro a todos los que quisieran salir a recibir a los Reyes Magos. Esta tradición servía para ridiculizar a algunos forasteros que llegaban esos días y a quienes se les hacía creer que había que ir a buscar a los Reyes Magos la madrugada del 5 de enero; se utilizaba, además, para beber y hacer cuanto ruido se quisiera. Con este bando José Abascal privó a los madrileños de la posibilidad de disfrutar de un día de fiesta en donde se permitiese casi todo. Esto, junto a la costumbre de las familias acomodadas de tomar uvas y champán en la cena de Nochevieja, provocó que un grupo de madrileños decidieran ironizar la costumbre burguesa, acudiendo a la Puerta del Sol a tomar las uvas al son de las campanadas”. Respecto a comer cardo, reconozco que no me gusta, aunque reconozco sus poderes depurativos y que es costumbre aragonesa cenar en Nochebuena cardo con bechamel o nueces, bacalao ajoarriero, ternasco, sopada (pan, avellanas, azúcar, canela y cebolla), vino quemado con fruta, pasteles de calabaza, crespillos y guirlache. Los crespillos, por si alguien lo desconoce, son hojas de borraja rebozadas, que debieron “inventarse” en épocas de hambruna, cuando se aprovechaba todo. Son sencillos de hacer: para 4 personas: 40 hojas de borraja, 3 huevos, 125 gr. de harina, 75 ml. de leche, 50 ml. de anís, aceite de oliva, 2 cucharadas de azúcar y varias hojas de menta. Una vez batidos los huevos, se agregan la leche, la harina y el anís. Todo ello se bate hasta conseguir una masa homogénea exenta de grumos. Se pasan por esa masa las hojas de borraja y se pasan por la sartén. Una vez fritas y escurridas, se espolvorean con la mezcla resultante de la menta picada y el azúcar. Los crespillos aragoneses no deben confundirse con los crespillos de Cartagena, donde se aprovecha la masa de pan sobrante, a la que se le añade pimentón, aceite, vino y sal, y todo ello se hornea.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Que llueva, que llueva...





Según datos estadísticos, el 70% de los españoles se declaran católicos. Otra cosa es que muchos de ellos no sean practicantes. Lo cierto es que las fiestas patronales en los pueblos y las romerías a las ermitas de los cerros siguen celebrándose, que las ofrendas marianas son un hecho, que la Semana Santa mueve a miles de cofrades procesionando por las calles de ciudades y pueblos, y que los latinajos dichos en boca del sacerdote y las bendiciones hisopando agua bendita suenan todavía entre la feligresía como algo “raro” propio de un chamán. Lo que ya no sé es la razón por la que han dejado de procesionar al santo patrón pro pluvia en periodos de sequía. Parece que se estuviese desinflando el fervorín. En el Pirineo aragonés (en la foto), por ejemplo, existen los esconjuraderos  (pequeños templetes de piedra de los siglos XVI al XVIII situados cerca de las parroquias), que antaño eran destinados a practicar rituales para conjurar tormentas y otros peligros que amenazaban las cosechas. En Castilla, en cambio, se ponía el esparadrapo antes de que se produjera la herida, y formaba parte del Derecho consuetudinario que las campanas de los templos tocasen “a nublao” desde el 3 de mayo hasta el 14 de septiembre, periodo considerado como de mayor número de peligrosas tormentas. El que evitaba la tentación, quitaba el peligro. Además de ello, existían amuletos para disipar los malos presagios, como era la cruz de Caravaca, con culto de latría contra el mal de ojo, los maleficios, y que alimentaba la superstición de algo que para la gente de entonces se antojaba alucinante; y que hoy se conoce como el “espectro de Brocken”, que no es otra cosa que un fenómeno de refracción de los rayos solares que puede verse en cualquier ladera montañosa. El nombre proviene del pico alemán Brocken, situado en los montes Harz, donde son frecuentes las nieblas, descrito por primera vez por Johann Silberschlag en 1780. De la misma manera, la aureola de los santos expuestos al culto en los altares de todas las iglesias es la parecida aureola (círculos de Ulloa) que rodea la cabeza de los alpinistas, formada por anillos de luz que aparecen frente al sol cuando la luz solar se refleja por las una nube de gotas de agua. Otra historia curiosa es la de la Virgen de la Cueva. No se refiere a la virgen existente en la parroquia de  Ques (Asturias), cerca de Infiesto, sino a otra, a la existente en la Cueva del Latonero de la localidad castellonense de Altura. Sobre esa imagen se cuenta que en 1726 la región valenciana sufrió una sequía general que puso en peligro las cosechas. Se trasladó a la imagen de la Blanca Paloma y los labradores de pueblos de alrededor le rogaron, según indican las crónicas, diciendo: no plourà fins que no ixca la palometa. Parece ser que aquel 27 de febrero amaneció lloviendo y nevando y no pararía hasta una semana después, cuando se anegaron todas las huertas regadas por el Turia. De ahí la canción infantil popular: “Que llueva que llueva...”.

sábado, 25 de noviembre de 2017

La cocina de Felipe IV





En su ensayo El conde-duque de Olivares, Gregorio Marañón hace una perfecta descripción biográfica del Valido de Felipe IV, Gaspar de Guzmán y Pimentel. Pero, además de ello, Marañón aprovecha para diseccionar a ese monarca de la Casa de Austria. Enrique Fraguas (Historia 16, año II, núm. 13, pp 125 a 127) hace referencia a los ayunos y hartazgos de ese rey de España. Cuenta  Fraguas que la mayor parte de los días del año, el rey comía solo en su cuarto, la reina, en el suyo y los infantes en cada uno de ellos. Por regla general, los hombres comían sentados en una silla ante la mesa; y las mujeres, incluida la reina, sentadas de cuclillas sobre cojines en el suelo y con la comida sobre una bandeja. Las veces que el rey comía en público se convertía la comida real en una auténtica batalla convencional palatina. Se ponía en movimiento: el mayordomo de semana; el ujier de sala; dos docenas de compradores al mando de un comprador en jefe; varios guardamanjares; un escudero de cocina; el cocinero mayor ( que cobraba 48.000 maravedíes al año y una paga extraordinaria por cada comida especial y en público que se celebrase en palacio. No pagaba ni casa, ni médico, ni botica, ni leña. Además de ello, recibía diariamente un pan de dos libras, un cuarto de carnero, la gallina que daba sabor a la sopa del rey, dos azumbres de vino y dos libras de manteca); el cocinero de servilleta, que recibía las vituallas ya guisadas y las distribuía en platos a otros ayudantes, los portaplatos, que los llevaban a la mesa; los cocineros de segunda; los galopines, que limpiaban la cocina y desplumaban a las aves; los pasteleros; los aguadores; los triperos, que limpiaban las reses; los especieros; los potajeros; los bujieros, cuya responsabilidad eran las ensaladas, harinas, cacerolas, leña, carbón y utensilios de limpieza; los porteros de cocina, que cerraban el paso a los intrusos; dos cerveceros; un sumiller de panadería, que cuidaba de la mantelería, de los cubiertos de plata y de entregar el trigo al panadero; un sumiller  de cava, que servía el vino al rey; un sausier, que servía los guisos y proporcionaba el vinagre; el frutier, que compraba, custodiaba y servía la fruta; un ujier de sala de vianda, que distribuía a los sirvientes; un valet servant, que cuidaba de los cubiertos y servía el pan; un trinchante, que presentaba los manjares al rey; un maestro de cámara, que pagaba los gastos de mercado y a la servidumbre; y un grefier, que era algo así como el jefe de personal. A todo ello, había que añadir las lavanderas de boca y las lavanderas del Estado, que lavaban las ropas del servicio real y los oficios de mesa; los tapiceros; y el furrier, que colocaba sobre la mesa un dosel y distribuía aparadores. El protocolo señalaba que fuesen escoltados por la guardia real en riguroso orden y disposición los servidores de mesa: unos con las copas, otros con las vinagreras, otros con los saleros, otros con los cubiertos, el pan, el vino, el agua, etcétera. De entre aquella procesión de sirvientes, había uno de ellos que su misión consistía en portar el palillo mondadientes para que el rey aliviase su dentadura. Enrique Fraguas termina escribiendo: “Todo dispuesto ya, salía el rey de su cámara acompañado por el mayordomo de semana con el bastón de mando y el ujier de sala, quién, con una varita de ébano rematada en una corona de oro, golpeaba en determinadas puertas, convocaba en alta voz: ‘¡A la vianda, caballeros!’... Se comprende que el rey prefiriese comer en privado, a solas, ya que si el rey quería algo tan simple como un sorbo de vino, tenía que hacer una seña al copero. El copero tomaba la copa que había sobre la mesa, la llevaba hasta el aparador, se la entregaba al sumiller de cava para que la llenase de vino, la tapaba con una servilleta, se la entregaba al médico del rey para que éste determinase si el vino estaba en buenas condiciones. Una vez dada su aprobación, se tapaba de nuevo la copa y se llevaba hasta el rey con escolta de maceros al mando del ujier de sala, que, rodilla en tierra se la daba al rey poniéndole una patena debajo de la copa mientras bebía. Después, el rey devolvía la copa, no al ujier sino al copero. Y no podía seguir comiendo hasta que el panetier, con una servilleta, le limpiaba los labios”.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Odiosas visitas




Hace tiempo que decidí poner en casa sillas con base de madera para que las visitas inesperadas se marchasen pronto. No hay cosa peor que tener que soportar una visita que ni esperas ni te agrada y con la que no sabes de qué hablar. De repente te cuentan cosas que ya ni recuerdas, o te describen la enfermedad de un pariente con la precisión del doctor Marañón. Escuchas sin prestar atención, como el que oye llover. No sé por qué razón, esas visitas inesperadas sólo saben hablar de enfermedades y de pisos. Han visitado todas las ofertas en urbanizaciones, se saben de memoria dónde están los cuartos de baño, los equipamientos de las cocinas, si son grandes o pequeñas... Y cuando terminan con los apartados de enfermedades propias o ajenas y de hablar de los últimos pisos visitados, aparece el tema de la política. No sé la razón, pero enseguida señalan lo exiguo de sus pensiones "por culpa del Gobierno". Ninguno reflexiona sobre lo poco que cotizaron durante su vida laboral. El colmo de mi desesperación aparece cuando comentan lo bien que ejercían sus respectivos cargos Esperanza Aguirre, en la Comunidad de Madrid, y Rita Barberá en la Alcaldía de Valencia. Llegados a ese punto, ya no sé si echarles sal en el café o salir de casa con la excusa de comprar tabaco y regresar con un ramillete de petardos. He llegado al convencimiento de que las sillas con base de dura madera no son disuasorias. Algunas visitas parece que tuviesen el culo de fakir. La próxima vez probaré con bombas fétidas, con el huevo perforado dentro de una caja de zapatos, o con el frasco con cabezas de cerillas y amoniaco, a fin de lograr sulfuro de amonio. Si aún así no se marchan, ¡mátame, camión! Las visitas inesperadas de personas con las que no tengo relación de amistad son como la entrada de avispas por la ventana y tan absurdas como la persecución a indigentes por parte del cobrador de frac.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Busilis y tuntún





Busilis en el lenguaje coloquial equivale al punto en el que estriba la dificultad de un asunto. Por eso, dar en el busilis equivale a decir dar en el quid. Procede del latín in diebus illis (“en aquellos días”, mal separado por un ignorante). Se nombra en la leyenda de Gustavo A. Bécquer Maese Pérez el organista en un momento dado: “Al año siguiente, la iglesia volvió a llenarse. El organista envidioso iba a sustituir al bueno de Maese Pérez. Tocaba ‘con una gravedad tan afectada como ridícula’ y el populacho irrumpió con sus zampoñas, gaitas, sonajas y panderos para tapar sus notas, pero enmudecieron al oír ‘cantos celestes como los que acarician los oídos en los momentos de éxtasis’. Las cien voces del órgano sonaban ‘con más pujanza, con más misteriosa poesía, con más fantástico color que lo habían expresado nunca’. Estaba claro que no había sido el organista malencarado. ‘Sospecho que aquí hay busilis’, comentó una vecina”. Aquella leyenda apareció por primera vez en la sección “Variedades” de El Contemporáneo el 27 y 29 de diciembre de 1861. El órgano de Santa Inés, por el que la Junta de Andalucía pide ahora una tremenda multa a las monjas clarisas por haberlo arreglado sin permiso, fue regalado por su padre a una monja de clausura en el siglo XVIII. Posiblemente, Bécquer visitase ese convento durante su estancia juvenil; y puede que, también, durante su vuelta relámpago a Sevilla, en los años 60 del siglo XIX, años después de la publicación de su famosa leyenda. Meses antes de esa publicación, Bécquer se había casado (19 de mayo) en la iglesia madrileña de San Sebastián y vivía con Casta Esteban en la calle del Baño, número 19.Allí vivieron 6 años, antes de separarse en Noviercas. En la leyenda Maese Pérez el organista se dice la palabra bulisis muchas veces, hasta en el párrafo final: “¡No os lo dije yo una y mil veces, mi señora doña Baltasara, no os lo dije yo!... ¡Aquí hay busilis! Oídlo; ¡qué!, ¿no estuvisteis anoche en la Misa del Gallo? Pero, en fin, ya sabréis lo que pasó. En toda Sevilla no se habla de otra cosa... El señor arzobispo está hecho y con razón una furia... Haber dejado de asistir a Santa Inés; no haber podido presenciar el portento... y ¿para qué?, para oír una cencerrada; porque personas que lo oyeron dicen que lo que hizo el dichoso organista de San Bartolomé en la catedral no fue otra cosa... —Si lo decía yo. Eso no puede haberlo tocado el bisojo, mentira... aquí hay busilis, y el busilis era, en efecto, el alma de maese Pérez”. Queda claro que el busilis, en este caso, hacía referencia al alma del organista. Con la expresión busilis pasó algo parecido que con otra frase: Vultus ad vultum tuum (“mirándote cara a cara”).  Al pueblo llano,  oyendo al coro de monjes entonar esas extrañas palabras en la solemnidad de las celebraciones religiosas, le sonaron a “al buen tuntún”  referido a “sin cálculo, sin reflexión o sin conocimiento de un asunto concreto” y empezaron a utilizarlas en el lenguaje coloquial. Naturalmente, en ocasiones que no tienen relación alguna con aquélla para la que fueron escritas, o sea.

martes, 21 de noviembre de 2017

La náusea sartreana





Cuenta Burgos en ABC que el brasero bajo la mesa camilla era la calefacción central de los pobres. Lo que no señala, tampoco tiene por qué, es la cantidad de personas que murieron por culpa del tufo que producía la mala combustión del cisco. Hoy la calefacción de los pobres es la cantina de barrio, de la que han hecho su cuarto de estar. El cliente ya no es ese actor que pide, toma, paga y se marcha, sino uno más de la familia del cantinero. Se saben todo el uno del otro y el cliente no tiene ni que decir qué desea tomar. El cantinero ya lo intuye y se lo sirve con parsimonia y sin abrir la boca. Es lo que tiene la rutina, que se desarrolla de manera automática y sin necesidad de implicar el razonamiento. Con la rutina se ahorra tiempo y se minimizan los imprevistos. El cantinero es consciente de que ese cliente presa del hastío nunca escribirá en la hoja de reclamaciones, admite el tuteo y se conforma con el canal de televisión que manda señales que nadie ve. El cliente puede estarse horas mirando en la pantalla algo que no le interesa, da igual que sea anuncios de detergentes o coches que las costumbres del ornitorrinco, sentado en un taburete incómodo, trasegando un vinagrillo infame y horadando sus encías con un palillo buscando entre los dientes algún resto de oliva del platillo que le añadió el cantinero de propina con la primera consumición. Sólo sale al exterior a fumar un cigarro, pero no se aleja mucho de la puerta. Es como un centinela alerta y mira a los pocos parroquianos que entran y salen como el que ve llover. Observa el mundo absorto desde otro horizonte con la perspectiva de la oveja modorra, con  la creatividad colapsada del mundo sin sentido de Antoine Roquentin en La náusea sartreana.

sábado, 18 de noviembre de 2017

A propósito de la sequía





La desesperante sequía que sufre España es cíclica, como lo fueron las tremendas riadas antes de que los embalses realizados durante la Segunda República y el franquismo, hoy casi vacíos, domeñasen esos desastres naturales.  Hay constancia escrita, por ejemplo, de las riadas de 1845 y 1880 en la cuenca del río Jalón, afluente del Ebro a su paso por la localidad de Ateca (Francisco Martínez García. “Ateca, entre 1800 y 1975”. Cuadernos de Aragón, núm. 47. Institución “Fernando el Católico”. Diputación Provincial de Zaragoza). En su apartado “Las riadas del Jalón y del Manubles” (pág. 57) se cuenta lo siguiente: “La noche del 23 de septiembre de 1895 los dos ríos que atraviesan Ateca venían muy crecidos e inundaron las calles bajas de la villa. En la madrugada del día 24 un tren salió de Zaragoza con ayuda para la localidad, subiendo a él el gobernador civil y el obispo de Tarazona [Soldevila]. En Ateca les esperaba una comitiva compuesta por el diputado provincial, Ignacio Garchitorena, el alcalde Pascual Florén, su teniente de alcalde Luis Félez y el teniente de la Guardia Civil, Molina. Ateca quedó sin luz, el agua destruyó todo lo que encontraba a su paso y murieron muchos animales domésticos. Aquella noche se produjeron importantes daños en la fábrica de alcoholes de Ibáñez, en las producciones de Azpeitia y Hueso, en el café de la viuda de Montón y en la presa de san Blas. Como el día 24 siguió lloviendo, el obispo Soldevila ofició una misa en la parroquia de Santa María de Ateca y solicitó la intervención divina para detener una catástrofe que causó numerosas pérdidas materiales”. Curiosamente, el que llegase a ser cardenal y arzobispo de Zaragoza (al que el Ayuntamiento de Tudela le colocaría su retrato con gran solemnidad dos años más tarde, el 29 de junio de 1897, para testimoniar la gratitud de esa  población navarra por la campaña que éste realizó con motivo del proyecto de canalización del Ebro, en momentos en que se temía que Tudela quedase sin regadío)  fue asesinado en Zaragoza dentro de su coche, con matrícula Z-135, el 4 de junio de 1923, cuando se detuvo frente a la reja de la escuela-asilo de las hermanas de San Vicente de Paúl, en la calle Terminillo, esperando para entrar. Francisco Ascaso y Rafael Liberato descargaron sus armas. Dejaron malheridos al chófer y al presbítero Luis Sastre, muriendo en el acto el purpurado. Fue enterrado en la basílica del Pilar. Tres meses después se pronunciaba Miguel Primo de Rivera en Barcelona mediante un golpe de Estado, con la ayuda insensata de Alfonso XIII, la Iglesia Católica y buena parte de la burguesía catalana, que siempre supieron nadar y guardar la ropa.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Un banquete a lo grande (II)





Como decía en mi trabajo anterior, aquel banquete estuvo presidido por el presidente de la República, señor Loubet. Constaba de lo siguiente:

Hors d’oeuvre
Darnes de saumon glaces Parisiense
Filet de boeuf en Bellavue
Pains de canetons de Rouen
Poulardes de Bresse roties
Ballotines de faisans Saint-Hubert
Salade Potel
Glaces succes Coudé
Dessert

Vins.
Preignac et Saint-Julien en carrafes
Haut-Sauternes
Beaune Margaux J. Calvet 1887
Champagne Montebello
Café
Rhum Saint-James
Liqueurs

Si les digo la verdad, ignoro si existe algo parecido en los registros culinarios de que se tienen noticia.  Los materiales empleados fueron los siguientes: 2.400 kilos de filetes de carne; 2.430 faisanes; 2.000 kilos de salmón; 1.200 litros de mayonesa; 60.000 panecillos; 1.000 kilos de uvas y 10.000 melocotones. Además de todo ello, se hicieron 3.000 litros de café y se consumieron 50.000 botellas de vino. La nómina del personal necesario en las cocinas, entre camareros, pinches, fregadores de platos, etcétera, sumaron 4.866 operarios. Ignoro el número de ramos de flores y banderitas necesarias para engalanar las mesas. La Exposición Universal de 1900 estuvo en activo entre el 15 de abril y el 12 de noviembre. Contó con una superficie de 120 hectáreas, fue visitada por 50.860.801 personas, participaron 58 países y su coste final fue de 18.746.186 dólares. La Estación de Orsay (hoy Museo de Orsay), el Puente de Alejandro III, el Petit Palais, el Grand Palais (ambos construidos sobre el emplazamiento del Palacio de la Industria, fruto de una exposición precedente y universal de 1855) permanecen en la actualidad para orgullo de parisinos y admiración de visitantes. La Exposición  abarcó los Campos Elíseos, la Explanada de los Inválidos, el Trocadero, Champs de Mars, al pié de la Torre Eiffel, con más de 36 puertas de entrada La más importante ubicada en la Place  de la Concorde, sobresaliendo la figura alegórica de la “Ville de Paris”, obra de Moreau-Vauthier. Una estupenda manera de terminar el siglo XIX.
 

Un banquete a lo grande (I)





Se trata del banquete ofrecido por el Gobierno de Francia en 1900 a todos los alcaldes de la República. Pese a que todos ellos no pudieron asistir, los comensales pasaron de veintidós mil. El encargado de la organización fue Bouvard, que  necesitó dieciocho días para poner en marcha la comida en los jardines de las Tullerías, donde se instalaron las necesarias carpas por la casa E.Cauvin Yvose, tal y como lo describe Natalio Rivas en su “Séptima parte del Anecdotario Histórico Contemporáneo”. (Editora Nacional. Madrid, 1953, pp.169 a 171). Para que podamos hacernos una idea del tamaño de aquellas carpas, la mayor medía 521 metros de largo por 28’5 de ancho, y las cocinas medían 12.000 metros cuadrados, con una superficie total de 4 hectáreas.  Los detalles de cubertería, flores, sillas, etcétera, corrieron a cargo de la empresa Potel et Chabot. Aquel banquete estuvo presidido por el entonces séptimo presidente durante la Tercera República Francesa, Émile  Loubet, elegido en febrero de 1899, sustituyendo al anterior presidente, Félix Faure. Durante su mandato se produjo el famoso Caso Dreyfus. Como decía, también asistieron al ágape todos los miembros del Gobierno, los presidentes de los Cuerpos Legisladores y el comisario de la Exposición Universal de París. Como dato significativo, en aquella Exposición Universal, el catedrático de Física y sacerdote Eugenio Cuadrado Benéitez presentó su “excitador eléctrico universal” que fue bautizado con el nombre de “La Centella”, siendo galardonado con una Medalla de Oro. Aquel mecanismo permitía obtener Rayos Roentgen mediante energía electrostática. Manuel Manzanas, alistano de Trebazos, recordaba una curiosidad anecdótica: “Encontrándome en el bar Ñicos, en Trebazos, aparece don Ramón Rodríguez, párroco de Trabazos desde hace mas de cincuenta años y quien al comentarle el hallazgo, me refiere haberlo vivido en primera persona, ofreciéndose a enseñármelo cuando gustase, por existir un modelo en el museo del Seminario de Zamora. Me contó, que en una ocasión la habían desarmado para cambiarla de lugar y que luego habían tenido dificultades para volver a montarla y que consistía en un ‘disco metálico, con unos pinchos’, que se accionaba con una manivela, que lo hacía girar. Al girar, los ‘pinchos’ se frotaban sobre unas ‘escobillas’, de las que salían dos cables, uno positivo y otro negativo, que conducían la electricidad, que así se obtenía hasta unas botellas, que actuaban como baterías acumuladoras. Los seminaristas utilizaban ‘La Centella’, para darse, duchas eléctricas. Mojaban la superficie sobre la que colocaban los pies y a las que se conectaba uno de los cables y sobre la cabeza había un dispositivo, como la alcachofa de una ducha, con unos pinchos, al que iba conectado el otro cable. Al accionar la manivela se producía la electricidad, que en última instancia llegaba a la ducha, y que atravesaba al duchando, entrando por la cabeza y produciendo una sensación de ‘culebrinas’, muy curiosa”. En aquella Exposición Universal, a la que se entraba por la Torre Eiffel, tuvo como comisario a Charles Adolph Alphande. En la mente de los franceses estaba una corrida de toros en el coso construido por Mariano Hernando de Larramendi, en el Campo de Marte. Se había inaugurado años antes, el 20 de junio de 1889, con motivo de la anterior Exposición, donde actuaron los maestros Antonio Carmona ''El Gordito'', Fernando Gómez ''El Gallo'' y Juan Ruiz ''Lagartija''. Estuvo presente en aquella recordada corrida la ya exreina de España, Isabel II. La plaza desapareción pocos meses más tarde. El Grand Prix de la Exposición de 1900 fue para la cervecera Heineken.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Anson, injusto con Suárez


Me parece injusto el artículo de Luis María Anson de hoy en El Mundo, cuando señala a los, según él, verdaderos artífices de la transición en España. Y me parece injusto por defecto. Dice Anson que lo fueronJuan Carlos I, que tenía la fuerza del Ejército; el cardenal Tarancón, que tenía la fuerza de la Iglesia; Marcelino Camacho, que tenía la fuerza obrera; Felipe González, que tenía la fuerza de los votos. Fernández-Miranda, Suárez, Gutiérrez Mellado, incluso Don Juan de Borbón, fueron comparsas en aquella construcción que parecía imposible”. A mi entender, Anson es injusto con la figura de Adolfo Suárez. Como señalaba  Bernardo Olabarría (ABC, 21/03/14), “su vida es una sucesión de hitos políticos, de relaciones con personalidades de todos los ámbitos. La vida de un hombre de Estado a ratos amargo, harto de encajar golpes, algunos con una saña desmedida. Gobernó cuatro años y siete meses, con cinco gabinetes distintos, diversas remodelaciones y un total de 58 ministros diferentes. Tuvo que afrontar dos intentos de golpe de Estado —en noviembre de 1978, la llamada ‘Operación Galaxia’, y el 23 de febrero de 1981, con el asalto al Congreso encabezado por el coronel Tejero—, en un momento en que la joven y aún débil democracia parecía tambalearse”. Además de todo ello, puso en marcha la maniobra más arriesgada: tuvo la valentía de legalizar el Partido Comunista de España después de haber estado más de 40 años proscrito. Aquel Sábado de Gloria, 9 de abril de 1977, España por fin se equiparaba a las democracias europeas. Por eso digo que Ansón no es justo con la memoria de Adolfo Suárez. Para mí no fue comparsa de la Transición sino el cigüeñal de aquel motor varias veces a punto de griparse. Y los españoles lo saben.

El becerro de los huevos de oro





Lo de la Iglesia (que dicen que “somos todos” pero está dominada por unos pocos) es de libro. Un ejemplo: la Colegiata de Santa María, de Calatayud. Necesitaba arreglos. Se hicieron. El Ministerio de Fomento, el Ayuntamiento de Calatayud y el Obispado de Tarazona firmaron en septiembre de 2016 un convenio para profundizar en su rehabilitación, con un  presupuesto del Estado y una aportación municipal. La idea era que se pudiese abrir al culto y a las visitas guiadas en 2019. En el documento en su día firmado por la Secretaría de Estado de Infraestructuras, el Estado se comprometía a invertir 2.181.450 millones de euros en varias fases, el Ayuntamiento de Calatayud ayudaría con otros 900.000 euros y el Obispado de Tarazona añadiría una aportación que desconozco. En su día, me refiero al año pasado, dijo el alcalde Aranda que esas reformas de la Colegiata iban a ser “un revulsivo para el turismo”. No sé. Revulsivo, como adjetivo, significa que produce un cambio importante, generalmente favorable. Pero la RAE también reconoce dos acepciones de ese término, relacionadas con la Medicina. Y como el alcalde Aranda es médico, será necesario tocar madera. Un fármaco revulsivo es el que induce la revulsión, es decir, una inflamación de las mucosas como mecanismo curativo; verbigracia: las sustancias purgantes y las que producen vómitos. Y en el lenguaje coloquial, se utiliza como aquello que está en condiciones de modificar algo. Pero revulsivo, también, puede referirse a algo que modifica las condiciones existentes. Y ahí voy. En efecto. Esas condiciones existentes ya se han modificado. De momento, la Iglesia Católica acaba de inscribir la Colegiata de Santa María como de su propiedad. Consta la inscribió en el Registro de la Propiedad de Calatayud en 2015. Se ha sabido dos años después, o sea, ahora, lo que parece un despropósito. Concretamente, fue el 26 de marzo de 2015 cuando el Obispado de Tarazona hizo esa solicitud en el Registro de la Propiedad de la Colegiata, incluida en la lista del Patrimonio mundial de la UNESCO. Se acreditó mediante un certificado que la Colegiata estaba dedicada al culto católico desde hacía más de ocho siglos. Finalmente quedó inscrita en el Registro con un ridículo valor catastral de 460.628’43 euros, con una certificación de superficie de parcela de 2.986 metros cuadrados, y unas dependencias construidas que añaden 6.502,7 metros cuadrados. Para facilitarle al Ayuntamiento la captación de fondos públicos con los que restaurar la Colegiata, el Obispado le había otorgado en diciembre de 2014 una cesión de uso cultural con ciertas condiciones. En resumidas cuentas: el Estado y el Municipio pagan los necesarios arreglos, la Iglesia Católica la inscribe posteriormente como propiedad suya; y ahora, ¿qué pasará? Pues, sencillamente, que unos espabilados funcionarios del Cielo, adoradores del becerro de los huevos de oro, que son más gordos que los del caballo de Espartero en el Espolón de Logroño, cobrarán la entrada al ciudadano que desee visitar la Colegiata de Calatayud, como viene sucediendo vergonzosamente en La Seo zaragozana y en todas las catedrales de España.