martes, 22 de agosto de 2017

A propósito del monumento al "crucero Baleares"





Hace pocas fechas escribía sobre las dos tragedias del vapor “Cabo Machichaco” ocurridas en la bahía de Santander: la primera, el 3 de noviembre de 1893, al estallar dos bodegas de proa; y la segunda, el 21 de marzo de 1894, al intentarse rescatar parte de la dinamita que todavía contenía en su interior. Pues bien, también comenté que en su triste recuerdo existe un monumento en el lugar aproximado de la explosión, obra del escultor ovetense Cipriano Folgueras. Ello viene a cuento con la pretendida demolición del monumento erigido en 1947 en recuerdo de los tripulantes fallecidos en el crucero “Baleares”, torpedeado y hundido el 6 de marzo de 1938 cerca de la isla de Formentera. Fallecieron 788 marineros incluido el almirante Vierna. Aquello fue un acto de guerra y como consecuencia de un ataque de varios destructores. Un crucero, por cierto, en el que pretendió enrolarse Juan de Borbón sin éxito al impedirlo Franco. Sobre ese desastre marino se hizo una película, “El crucero Baleares”, dirigida por Enrique del Campo, con guión de Antonio Guzmán Merino, al más puro estilo franquista. La película, con un metraje de de 85 minutos, fue exhibida en pase privado el 10 de abril de 1941 en el Ministerio de Marina. Las autoridades franquistas ordenaron su posterior destrucción y no se llegó  a estrenar comercialmente, pese a su anuncio para el 12 de abril de 1941 en el madrileño  Cine Avenida. Juan Antonio Martínez-Bretón señala al respecto: “El guión aprobado se estructuró en dos partes. La primera, denominada ‘El martirio’, dedicada a la zona republicana, y la otra, ‘La Gloria’, centrada en la zona rebelde. Dentro del más puro estilo de utilización propagandística,  en ‘El Martirio’ la marinería republicana es mostrada de forma grosera, y sus cabecillas, cuyos motes responden a ‘el Rubio’, ‘el Responsable’ y ‘el Gorila’, son la perfecta representación de la ruindad humana y responsables de la insubordinación e insurrección contra los mandos del crucero ‘Miguel de Cervantes’. Tras un juicio sumario, los oficiales refractarios a la causa revolucionaria son arrojados al mar, mientras que los altos mandos son ejecutados. Sin embargo, la segunda parte, ‘La Gloria’, refleja la gallardía de los hombres de bien. Fieles soldados de la patria al servicio de la causa nacional, que se divierten y que disputan con honor los favores de las mujeres. Finalmente, el crucero ‘Baleares’ es alcanzado por un torpedo ‘rojo’. Y, según el argumento oficial recogido por Fernández Cuenca, ‘bajo las primeras luces del día, los marinos, formados en cubierta y con las gorras en alto, cantan el Cara al sol; el 'Baleares' y sus hombres desaparecen bajo las aguas”. Ahora, las actuales mayorías de izquierdas que gobiernan en el Ayuntamiento de Palma, y también en el Consell de Mallorca, llevan meses abogando por la inmediata demolición de esa estatua, al considerarla un memorial fascista. Y así debería ser, de conformidad con la Ley de Memoria Histórica. Muertos de la Guerra Civil hay diseminados por todas las cunetas y campos de la España. Pero el  Gobierno que preside Rajoy ni dota de los medios económicos necesarios para el cumplimiento de la Ley 52/2007 de 26 de Diciembre, ni condena el golpe de Estado de 1936 ni los crímenes del franquismo. Con esos mimbres no se puede hacer un buen cesto.

lunes, 21 de agosto de 2017

Sostiene Santiago Martín





El párroco de Nuestra Señora de los Ángeles, en Madrid, Santiago Martín, sostiene que la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, “tiene una parte de la culpa de los sucesos en Barcelona” por no situar bolardos en la entrada de las Ramblas. A mi entender, está cometiendo un delito de injurias injustificable. No se deben hacer tales afirmaciones, menos aún en su homilía del pasado domingo, con la intención de crear un falso estado de opinión entre los feligreses de esa parroquia. De la misma manera, señaló que “están muy bien los agnósticos minutos de silencio y rezar, pero hay que hacer algo más. ¿Por ejemplo? Es cierto que el Gobierno, tras los sucesos de Niza, mandó cartas a los ayuntamientos pidiendo que se pusieran bolardos en las principales arterias de las ciudades. Pero también es cierto que un  alcalde, en este caso la alcaldesa de Barcelona, puede obrar con otro criterio, sabedora de que poner bolardos interrumpiendo la circulación también impediría una rápida actuación de ambulancias y bomberos. Ese párroco, por aquello de ir por atún y ver al duque, aprovechó la homilía para señalar que “cosa parecida podría suceder en la madrileña Puerta del Sol, al estar abarrotada de gente”. Que casualidad que Santiago Martín sólo haga referencia a Madrid y Barcelona, con ayuntamientos gobernados por la izquierda. “Si yo fuera abogado de las víctimas –dijo el párroco en su desacertada perorata- estaría planteando una denuncia contra el Ayuntamiento de Barcelona por cooperación”. Santiago Martín, como cualquier ciudadano, puede presentar las denuncias que estime convenientes en el juzgado de guardia más próximo. ¿Por qué no lo hace? ¿Qué teme? Los “agnósticos minutos de silencio” –como el los llama—sirven para que durante sesenta minutos algunos irresponsables dejen de decir tonterías, como las que dice Santiago Martín desde el altar mayor de su parroquia. Para algunos curas, el “introibo ad altare dei” sólo sirve para intentar apagar un incendio con gasolina. A Santiago Martín se le ha olvidado citar en su homilía para asustar a sietemesinos que Santiago de Compostela, La Coruña, Ferrol, Zaragoza y Cádiz, son todos ellos ayuntamientos democráticos gobernados por movimientos sociales asociados a Podemos. El ecónomo Santiago Martín me recuerda al rancio José Guerra Campos, obispo de Cuenca desde 1973 y uno de los 59 procuradores que el 18 de noviembre de 1976 en las Cortes Españolas votaron en contra de la Ley para la Reforma Política que derogaba los Principios Fundamentales del Movimiento. Un obispo, digo, que siendo auxiliar de Madrid-Alcalá participó en las sesiones del Concilio Vaticano II, con intervención especial sobre el ateismo marxista en la constitución pastoral Gaudium et spes. A Santiago Martín le recomendaría que buscase en las hemerotecas un artículo de Santiago Carrillo titulado “O la libertad o el búnker”. Pero no voy a seguir escribiendo de ese párroco madrileño que confunde el culo con las témporas. No trae cuenta.

domingo, 20 de agosto de 2017

España, de luto





A mi entender, llenar las calles y plazas públicas de bolardos y pesados maceteros de hierro fundido en evitación de posibles ataques terroristas conduciendo furgonetas o vehículos pesados tiene mas inconvenientes que ventajas. ¿Qué sucedería si tuviese que entrar con urgencia a esa calle bloqueada una ambulancia o los bomberos? Pretender disminuir un riesgo creando otro no parece que sea una buena solución a nuestros ataques de miedo. No se pueden poner puertas al campo, salvo que sea de fútbol. ¿Se evitaría con esos obstáculos posibles ataques yihadistas? Entiendo que no. Como bien sostiene hoy Rubén Amón en un artículo de El País: “¿Dónde está aquí el enemigo? ¿Qué territorio ocupa? ¿Cuándo lo consideramos aniquilado? (...) No es posible fichar ni seguir a cualquier musulmán que sienta como propia la llamada yihad. No puede controlarse el terrorismo imitativo ni es viable amurallar las ciudades de bolardos y cámaras. (...) Los únicos remedios concretos no van a emprenderse nunca. Porque implican la acusación de Arabia Saudí y de las satrapías del Golfo como divulgadoras y financiadoras de la doctrina letal del wahabbismo”.  Por muchos bolardos que se instalen en  calles y plazas, siempre habrá un tipo, en ocasiones menor de edad, con un cuchillo, un hacha, o un cinturón de explosivos, dispuesto a convertirse en mártir,  llevándose por delante todo lo que encuentra. Y mientras esas cosas acontecen, Jaime Mayor Oreja, que fue ministro del Interior entre 1996 y 2001, y al que la Universidad Católica de Valencia le ha entregado la dirección de la Cátedra Tomás Moro,  señala que “los españoles merecerían que les explicaran los atentados en español”, y así se lo ha indicado a Ferrer Molina en una entrevista en El Español. Supongo que Mayor Oreja habrá querido decir “dar explicaciones en castellano”. ¿Acaso el idioma catalán no forma parte de la cultura española? Mayor Oreja debería conocer que el Estatuto de Autonomía  de Cataluña, en su artículo 6.a., señala: “El catalán [...] es la lengua de uso normal y preferente de las Administraciones públicas y de los medios de comunicación públicos de Cataluña, y es también la lengua normalmente utilizada como vehicular y de aprendizaje en la enseñanza”.  Que el consejero de Interior del Govern, Joaquim Forn,  la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, o el jefe de los Mossos d’Esquadra, Pere Soler, diesen explicaciones públicas en catalán ante los micrófonos sobre la tragedia de Barcelona se me antoja de lo más natural. Lo raro hubiese sido que lo hicieran en tagalo o en kirundi. Declarar, como ha declarado el ministro del Interior, Juan Ignacio Zoído, que la célula terrorista que atentó el pasado jueves en Barcelona y Cambrils “como grupo organizado ya no existe”, es como para preocuparse. ¿Cómo  puede hacer tal afirmación ese ministro cuando todavía hay terroristas sin detener? La CIA había avisado del peligro. ¿No será que existe una clara descoordinación entre el CNI y el Govern de Cataluña? No lo sé, sólo me lo pregunto sin encontrar respuesta. En fin, lo que interesa ahora es la evolución de los heridos, muchos de ellos de extrema gravedad.

sábado, 19 de agosto de 2017

Elogio de la cocina viejuna





El excelente restaurador sevillano, Francisco Jacquot, en una declaraciones a ABC de Sevilla, al ser preguntado sobre una tapa clásica que le da pena que esté desapareciendo, respondía: “La salsa española, que es la madre de todas las salsas, y es muy difícil de encontrar en la actualidad. También se están perdiendo el ragú de ternera, la pavía de bacalao o los riñones al jerez, entre otros”. Jacquot es nieto de un médico que llegó a Sevilla para trabajar en el Hospital de las Cinco Llagas, pero se siente vecino de La Macarena. Cabo Roche fue su primer negocio hostelero que ahora lleva su hija. También escribe críticas gastronómicas. El ragú de ternera se lo solían dar a Franco en El Pardo y éste se quejaba de que le servían mucha carne y pocas patatas. A Franco, por lo que parece, también le gustaban las patatas e ignoro si Carmen Polo se las tenía controladas por algún motivo de salud. Las pavías de bacalao siempre fueron un clásico durante la Semana Santa. También se las conoce como soldaditos de pavía. Son piezas de bacalao desalado y rebozado acompañadas de pimientos rojos. Parece ser que las idearon en la madrileña Casa Labra, local situado en el número 12 de la calle Tetuán desde 1860, donde fundó el PSOE  Pablo Iglesias el 2 de mayo de 1879. Entre las muchas teorías, existe una que parece acertada. Ese bocado tomó el nombre del uniforme amarillo de los soldados que lucharon en la Batalla de Pavía, en el siglo XVI, cuyo color de uniforme era muy parecido al del rebozado. También los riñones al jerez  fueron muy populares en los cafés madrileños de principios del siglo XX. El ragú y los riñones de ternera al jerez forman parte de lo que Mikel López Iturriaga denominaría como “cocina viejuna”. A mí me encantan. La salsa española era para la Marquesa de Parabere una “salsa fundamental”. Se compone de un fondo oscuro, de ternera o vaca, y de un roux oscuro, que es una mezcla de harina y de mantequilla. Se trata de una salsa base para hacer otras salsas más complejas. La ligazón de harina y mantequilla deberá hacerse a 8º grados centígrados y no deberán cocinarse más de 30 minutos. Existen tres tipos de roux: roux claro, roux rubio y roux oscuro. Pues bien, para hacer la “salsa española” primeramente deberemos tener reservado un roux oscuro. El origen de esa receta re remonta a 1615, concretamente al 24 de octubre, fecha de la boda de Luis XIII con Ana de Austria, hija de Felipe III. Esa salsa se hizo en Francia por cocineros franceses pero quedó denominada como “salsa española”. Y así se la sigue llamando. Para su confección serán necesarios los siguientes ingredientes: 500 gramos de carne de ternera (falda, aguja o morcillo); 2’5 cucharadas de harina; 3 cucharadas de un buen aceite de oliva; 500 gramos de tomate tamizado; 1 cebolla; 1 rama de apio; 1 zanahoria; 1 vaso de vino tinto; 1 vaso de vino blanco; 1 cucharada de perejil; 1 cucharada de tomillo; 1 hoja de laurel; sal y pimienta (a discreción); 1 litro de agua. Para su preparación, se lavan y pelan cebolla, zanahoria y apio. Se pican finos y se reserva. Se tuesta harina en una sartén sin que se queme. Se retira de la lumbre y se reserva. Se pone aceite en una sartén  y se sofríen las verduras picadas entre 3 y 4 minutos. Se ata la carne en forma de rollo, y se calienta en una cazuela con el sofrito de verduras durante 10 minutos. Pasado ese tiempo se le incorpora la harina y el tomate tamizado a la carne. Se le añade el perejil, el laurel y el tomillo junto a los dos vasos de vino. Se remueve y se le añade el litro de agua, la sal y la pimienta. Se cocina todo ello a fuego lento durante 3 horas. Después de su cocción, se quita la hoja de laurel y se vierte la salsa en un vaso de batidora. Deberá triturarse hasta obtener una  crema fina. Finalmente se pondrá el roux oscuro sobre la carne antes de ser servido el plato.

martes, 15 de agosto de 2017

De llover no está





Estos días son fiestas locales en multitud de pueblos y aldeas. En casi todos ellos hay algún espectáculo relacionado con la Tauromaquia. En los pueblos, o se saca el toro ensogado para asustar a los forasteros, o se observa desde las gradas de una plaza ambulante cómo actúan los recortadores llegados de otros pueblos, o se hace una merienda popular en honor de los ancianos, que son casi todos. Pero  los ancianos no se ponen delante de un toro ensogado ni casi prueban el rancho, las migas, las judías, o la paella enorme, cuanto más grande, mejor, que guisan los expertos del lugar utilizando paellas y raseras enormes. Siempre hay una hija cerca que le dice al anciano: “No comas de eso, papa, que te sentará mal”. Y lanzan cohetería y sacan a la Virgen en procesión y organizan subastas de roscones por ver quién es el que paga más dinero por una torta bañada en azúcar glas. La fanfarronería también juega su papel. Esos tipos que un día abandonaron el campo y se marcharon a trabajar a un polígono industrial de la periferia de las grandes urbes regresan una vez al año al pueblo que les vio nacer, siempre coincidiendo con las fiestas, con un utilitario flamante que en la ciudad no lo usan nunca, excepto cuando se pasan la mañana del domingo lavándolo y acariciándolo con un extraño culto. Y dos días más tarde regresan a la ciudad con el capó trasero lleno de patatas, frutas, verduras y varias garrafas de vino peleón e infame de una cooperativa que, por regla general, también lleva el nombre del santo patrono del lugar. Brincamos la mitad del mes de agosto y aquí sigue sin llover. De nada sirve procesionar a san Pascual o san Roque para pedir lluvias mientras las avionetas sigan lanzando a las nubes nitrato de plata. Puede que estemos rebozados en el merengue del cambio climático. No lo sé, pero de llover no está. Hoy decoro este trabajo con un dibujo de mi nieta Candela. Espero que les guste.

Don Adolfito (III)





A decir verdad, y así lo señala Gutiérrez Calderón, la indumentaria de don Adolfito  variaba con frecuencia. “Unas veces traía sombrero –cuenta en autor de ‘Santander fin de siglo’—y otras, gorra de visera; alpargatas o botas y lo mismo sucedía con la barba, que era corta o traía perilla, o unos buenos bigotes que arrancaban de los carrillos y que en sus tiempos estuvieron de moda”. (...) “Su visita anual era en la segunda quincena del mes de abril; ningún año faltó, hasta que dejó de visitarnos, que sería cuando abandonó este mundo o acaso algunos años antes, en que pudo enfermar”. (...) ¡Ah!, don Adolfito, seguido de cuatro o cinco chiquillos, escolta que siempre le acompañaba, se detenía de pronto enfrente de algún mirador o ventana; algo había visto... Y en aquel momento, derechas y unidas su piernas, y colocados sus pies en escuadra cual militar en correcta formación, sacaba de la funda su violín y su arco, señalaba con éste a la joven que había visto asomada, y al mismo tiempo que la saludaba echando mano al sombrero, le dirigía frases corteses, le brindaba una canción y decía muy alto: “sólo por ti / suspiro yo, / pero olvidarte / monona mía, / no puedo, no”. A veces, desde un balcón le lanzaban alguna moneda. Él la besaba antes de meterla en el bolsillo de la chaqueta. Durante muchos años fue cobijado por un tal Temiño, en la cuesta de Gibaja número 3, piso primero, donde se solía presentar sin avisar de su llegada. Sostiene Gutiérrez Calderón en su libro que “salía todas las mañanas a las cinco, en ayunas, y no volvía hasta la noche, haciendo todas las comidas fuera de casa y recorriendo la población y los pueblos de los alrededores”. También sostiene Gutiérrez Calderón que “comía y cenaba ordinariamente en el establecimiento de la viuda de Anselmo, casa de comidas en la calle del Cubo...”. Cuando se marchaba de Santander, al mes de su estancia, iba a Torrelavega. Escribe Gutiérrez Calderón: “Iba solo, silencioso, bien aplomado su cuerpo y con andar seguro y desenvuelto, cubierta con un pañuelo blanco su gorra de visera, llevaba colgado de la espalda su maco pequeño de ropa y, además, su violín en su bolsa. Estaba en Torrelavega cuatro o cinco días a lo sumo, hospedándose en la casa de don Inocencio Revuelta y hermano, en la que dejó siempre fama de buen pagador y de hombre fino y considerado. Algunos años estuvo dos veces. “Sobre el año 1892 –cuenta Gutiérrez Calderón—recorría Asturias, pasaba por Llanes. En Oviedo se detenía unos quince días, visitaba las tertulias que al anochecer formaban las mujeres a las puertas de las casas y entre ellas conseguía algunos donativos de poca importancia. Se decía que desde allí se dirigía a Gijón y a las playas de Asturias, siguiendo su constante andar, sabe Dios por dónde. Se le vio en Avilés, con frecuencia en Vigo, en La Coruña, en Lugo, en Santiago de Compostela, y en la Puebla, frente a Villagarcía de Arosa, y se decía que no tenía residencia fija”. Llegó un tiempo en el que don Adolfito dejó de ir por Santander. Se temía lo peor. Un número de El Imparcial de febrero de 1904 despejó la incógnita. Bajo el epígrafe “Muerte de un trovador”, se contaba que don  Adolfito había fallecido en un lugar de Galicia que Gutiérrez Calderón no recordaba en su libro. Se le dedicó hasta una habanera.

Don Adolfito (II)





Como decía en mi trabajo anterior, en el Tomo II, página 94, de “La vida en Santander...”  se informa: “Por las calles de Santander anda don Adolfito, El trovador, que anunciaba el veraneo, que llamaba al buen tiempo con las notas inarmónicas de su violín; el maniático, que era respetado por chicos y grandes. Figura magnífica del retablo de tipos populares, que tan exuberante era entonces, que fue motivo de curiosos artículos biográficos en los que se anotaban los cantares que dedicaba a su amada”. Un poco más adelante puede leerse: “Mas el autor de ‘Sotileza’ está herido de muerte”, en referencia a José María de Pereda. Corría el verano de 1904. Pero, ¿quién era don Adolfito? Trataré de resumir lo que informa sobre ese personaje José María Gutiérrez Calderón entre las páginas 195 y 207 de su libro “Santander fin de siglo”. Dice Gutiérrez Calderón: “Era gallego, nacido en Santiago de Compostela en 1841. Se llamaba Adolfo Carballo García y pertenecía a familia de excelente reputación. Su padre era doctor en Medicina”. Según Félix Estrada Catoya, cronista oficial de La Coruña, por el año 1855 don Adolfito estudiaba Farmacia en Santiago. Estaba enamorado de Rosa Fernández Herrera, de familia oriunda de Puente Arce. Se casó con Rosa y durante un tiempo vivieron en casa de los padres de ella. El 13 de junio de ese año hubo una revuelta en Santiago y Pedro Fernández Herrera, entonces concejal del Ayuntamiento y capitán de la Milicia Nacional fue asesinado  por un miliciano nacional de la Segunda Compañía. El asesino, de apellido Vallejo, fue juzgado en Consejo de Guerra y fusilados tres días más tarde. “La muerte de don Pedro –sigue contando Gutiérrez Calderón—fue un desastre para aquella familia que se dispersó, ingresando la mayor de sus hermanas, Josefa, en el claustro, llegando a ser abadesa del convento de Santa Clara. Otra hermana, Isabel, casada con el médico Manuel Baraja, se marchó a Cabezón de la Sal, al ser nombrado su marido médico titular. Rosa, la hermana más joven de don Pedro y esposa de don Adolfito “murió llena de pena por la muerte de su hermano”. Don Adolfito enloqueció, dejó los estudios y se marchó de Santiago con un violín para correr una vida llena de desventuras de pueblo en pueblo. Más tarde vivió en Ribadeo con una hermana suya que estaba casada con un comandante de Artillería. Pero cuando menos se lo esperaba su hermana, don Adolfito desaparecía por tiempo indefinido aunque siempre terminaba regresando a Cabezón de la Sal. Hasta que un día apareció por Santander. Gutiérrez Calderón dice de él que “era de buena estatura, cuerpo bien formado, color moreno, ojos un tanto chispeantes, pelo oscuro, perilla larga y abundante y bigote del color de su pelo, aunque con asomos blanquecinos bien marcados ya, por los tiempos en que le vimos; tenía un porte caballeroso, movimientos desenvueltos y modales finos; iba vestido con americana, que siempre llevó abrochada, sombrero redondo de fieltro muy blando, color café, col ala corta vuelta hacia arriba y calzado muchas veces con alpargatas, todo muy usado, pero limpio y ordenado. Parecía ser lo que llamábamos ‘un señor venido a menos’. Compañero suyo era el violín del que nunca se separó, colgada de la espalda la bolsa de color verde oscuro recosida y remendada en que le llevaba guardado”.

Don Adolfito (I)





Ayer escribía sobre la desgracia que supusieron las dos explosiones del vapor Cabo Machichaco en la Bahía de Santander a finales del siglo XIX. También de la novela de José María de Pereda “Pachín González” inspirada en ese desastre y que fue la obra póstuma de ese autor montañés. Pues bien, hoy indagaré sobre don Adolfito, personaje popularísimo. Poseo en mi humilde biblioteca un libro, “Santander fin de siglo”, escrito por José María Gutiérrez Calderón y prologado por Vicente de Pereda (Ediciones Literarias Montañesas, Santander, 1935, Imprenta Aldus) dificultoso de encontrar en las librerías por tratarse de una edición agotada. En el prólogo, Vicente de Pereda, señala: “Hace muchos años sucedió lo siguiente: el novelista José María de Pereda tenía un primo carnal llamado Domingo de las Cuevas, natural de Comillas y morador constante de la liadísima villa montañesa. Cuevas era un hombre de verdadero ingenio en su conversación, particularmente al imitar los diálogos y maneras típicas de nuestra provincia, y al cumplir los sesenta años comenzó a publicar artículos ‘comillanos’ en los periódicos de Santander. Entonces su primo Pereda le dijo: --¡Ay Mingo, así se empieza! Acabarás escribiendo un libro--. Efectivamente, poco después del vaticinio Cuevas escribió un libro y el propio Pereda le puso un prólogo”. Vicente de Pereda hace referencia a Gutiérrez Calderón, otro primo suyo, que comenzó escribiendo artículos ‘santanderinos’ y terminó escribiendo este libro al que ahora hago referencia, pidiéndole un prólogo a su tío.Y aquí está trascrito parte de aquel prólogo. Pues bien, tengo otro libro “La vida en Santander. Hechos y figuras. 50 años- 1900-1949” que costa de cuatro tomos y que es una crónica yo diría que muy completa de la primera mitad del siglo XX. (Editorial Aldus, Santander, 1949). Fue escrito por Fermín Sánchez González, más conocido como Pepe Montaña, con prólogo de Tomás Maza Solano, cronista oficial de Santander. También diría que se trata de una edición dificilísima de encontrar en las librerías y que conservo como un tesoro. Pepe Montaña (Santander 1893-1971) fue comerciante (poseía una ferretería) y tras la Guerra Civil llegó a ser edil del Ayuntamiento de Santander. Fue, además de escritor, un gran comentarista deportivo y un excelente árbitro de fútbol. Llegó a arbitrar la final de la Copa del Rey en 1924, perteneció a la Junta Directiva de la Federación Cántabra de Fútbol, de la Federación Atlética Montañesa y miembro fundador y secretario del Real Club Marítimo de Santander. Disponía de un gran archivo periodístico y fotográfico. Le fue concedida la Cruz al Mérito Naval en 1956. Y abriendo el Tomo I de “La vida en Santander...”, en la crónica correspondiente a 1904, apartado segundo, Pepe Montaña hace referencia a dos cuestiones que aquí querría señalar: 1. Don Adolfito, y 2. La extrema gravedad de José María de Pereda por culpa de una apoplejía que le dejó hemipléjico del lado izquierdo. Murió dos años más tarde, el 1 de marzo de 1906.

lunes, 14 de agosto de 2017

La tragedia del vapor "Cabo Machichaco"





En verano, nada mejor que leer un libro interesante. Recomiendo “Pachín González”, del costumbrista José María de Pereda. Es su obra póstuma. En ese libro, de forma novelada, se narra la peripecia de un santanderino preparado para emigrar en un intento de salir de pobre y que el 3 de noviembre de 1893 pudo ser espectador del drama causado entre la ciudadanía por la explosión del vapor “Cabo Machichaco”, fondeado en la bahía de Santander. Comienza la novela:
“Salió de su casa el día preciso (el de los Difuntos, por más señas), después de oír las tres misas del párroco de su aldea; día bien triste, ciertamente, para los vivos, si tienen memoria para recordar y corazón para sentir, porque los hay que no sienten ni recuerdan, sobre los cuales pasan esas y otras remembranzas como el viento sobre las rocas”. (...) “Ello fue que la madre y el hijo llegaron a Santander, según lo anotó a pulso el jovenzuelo en su flamante cartera, «en la tardezuca del 2 de noviembre de 1893.
Lo cierto es que el 3 de noviembre de 1893 se produjo en el puerto de Santander la explosión del vapor “Cabo Machichaco”, perteneciente a la Compañía Ybarra y bajo las órdenes del capitán de la Marina Mercante, Facundo Léniz Maza. Prestaba servicio de cabotaje entre Bilbao y Sevilla con varias escalas, entre ellas las del puerto de Santander. En ese sentido, cuenta Alfredo Caballero Sardina: “El 3 de noviembre, el vapor abandonó el fondeadero de la ría de Astillero tras haber cumplido el plazo reglamentario de cuarentena, a causa de la epidemia de cólera que se extendía por su puerto de origen, Bilbao, atracando en el muelle saliente número 1, conocido como la tercera machina, frente a la actual calle de Calderón de la Barca. Entre otras mercancías, el ‘Machichaco’ transportaba algo más de 51 toneladas de dinamita procedente de Galdácano y varios garrafones de ácido sulfúrico en cubierta. De acuerdo con el Reglamento del Puerto de Santander, cualquier buque que transportase dinamita debía efectuar sus operaciones de carga o descarga en el fondeadero de La Magdalena o al final de los muelles de Maliaño. Sin embargo, esta normativa parece ser que era incumplida sistemáticamente con la connivencia de todos los responsables en aplicarla”. Sobre las 13’30 se declaró un incendio a bordo, del que fueron informadas las autoridades. Comenzó en cubierta y se propagó por las bodegas de proa. Lo cierto es que había explosionado una garrafa de ácido sulfúrico por razones desconocidas. Según Alfredo Caballero Sardina, “tripulaciones de algunos barcos anclados en el puerto, prestaron su ayuda en el intento de extinguir el fuego, entre otras, la del vapor correo “Alfonso XIII “que había llegado el día anterior a Santander tras su primer viaje a Cuba. También aportó su valiosa ayuda el trasatlántico español “Catalina” de cuya tripulación formaba parte Pachín González, el personaje que inspiró a Pereda la novela del mismo nombre. El fuego del barco atrajo a multitud de curiosos que, ajenos al contenido mortal de las bodegas, contemplaban despreocupadamente el fuego. Una hora después estallaron las bodegas. Muchos edificios cercanos de la calle Méndez Núñez, se derrumbaron. La onda expansiva se propagó por toda la bahía y cientos de fragmentos de hierro y otros objetos salieron disparados a varios kilómetros de distancia. La explosión produjo además una inmensa ola de agua de millares de toneladas, que arrastró a muchas personas al mar. Todos los que estaban a bordo dejaron su vida en la explosión. El trágico resultado fue de 590 muertos y 525 heridos. Santander tenía en aquel tiempo 50.000 habitantes censados. En esta tragedia fallecieron la mayor parte de las autoridades civiles y militares de la provincia, incluido el gobernador civil, además de bomberos, trabajadores y curiosos que se habían acercado a observar cómo ardía el barco. La magnitud de la explosión fue tal, que un calabrote llegó hasta la localidad de Peñacastillo, a unos ocho kilómetros de distancia, y mató a una persona. Un guardia halló dos piernas sobre el tejado de un almacén de madera a una distancia de dos kilómetros. En la playa de San Martín, a kilómetros de recorrido, apareció el bastón del gobernador civil, Somoza, que junto con otras autoridades se hallaba a bordo en el momento de la explosión. El ancla del vapor fue a parar al patio del colegio La Salle, a pocos metros del Alta, donde muchos años más tarde aún se podía ver como fúnebre monumento...”. Durante los meses siguientes se procedió a extraer la parte que no había explosionado. El 21 de marzo de 1894, sin embargo, días antes de la desaparición de sus últimos restos, el barco volvió a estallar y provocó la muerte de 15 buzos. El Ayuntamiento de Santander realiza un homenaje cada 3 de noviembre a las víctimas de la catástrofe del vapor “Cabo Machichaco”  justo enfrente del monumento, obra del escultor Cipriano Folgueras Doiztúa, situado entre la Estación Marítima y el Hotel Bahía.

domingo, 13 de agosto de 2017

Uebos o huebos





En El Español vienen hoy domingo, bajo el apartado La Jungla, “7 expresiones habituales que en su origen no significaban lo mismo”. Y entre esas expresiones aparece “¡manda huevos!”. Señala el diario digital a este respecto: “esta expresión que hiciera tremendamente popular Federico Trillo significa ‘hastío, cansancio’, pero su origen implica otro significado distinto. Como detalla Fundéu (Fundación del Español Urgente) la expresión tiene su origen en el arcaísmo “uebos”, que significa “necesidad, algo necesario...”. De inmediato consulto el “Diccionario secreto” de Camilo José Cela (Alianza Editorial, Madrid, 1974, t. I, pág.163, series coleo y afines). Y me llevo una sorpresa mayúscula. Dice: “Excepto en 1ª acep., es met. formal (los cojones semejan huevos. antón. por huevos de ave...”. (...) 1. Del lat. opus est, a través de la loc. impersonal cast. ant. huevos est. A mi entender, “huevo” procede del latín ovum. Y la palabra (así, en singular) “uebos”, (o “huebos”, con grafía normalizada) viene del latín opus. Ahí sí acierta Cela al referirse a necesidad, menester. Cela, por otro lado, hace referencia a los Fueros de la Novelera (Tilander, pág. 53): “Nuill hombre qui yta oveillas a pastor, ite las delant dos hombres que sean testimonios, si huebos fuere, que non pueda negar el pastor”. En resumidas cuentas, “madat opus!” equivale a decir “la necesidad obliga”. Gunnar Tilander (1894-1973) fue un hispanista sueco que publicó importantes documentos históricos, entre ellos, los “Fueros aragoneses desconocidos promulgados a consecuencia de la gran peste de 1384” (1ª ed. 1935; 2ª, 1959); “Los fueros de Aragón” (1937); “Documento desconocido de la aljama de Zaragoza” (1939, 2ª ed. 1959), “El Vidal Mayor” (1956) y “Los fueros de la Novelera” (1951). Y para terminar, una precisión: en los “Estudios de léxico histórico español”, de María Águeda Moreno Moreno y Marta Torres Martínez: en su página 24 se señala que ”el primer y único registro de la voz italiana ‘collone’ en la lexicografía española se halla tempranamente en el ‘Diccionario de arabismos’ de Diego de Guadix (1593). El vocablo se describe con el significado de ‘genital o testículo’. El sustantivo en plural ‘collones’ aparece en un manuscrito aragonés (“Libro de las maravillas del mundo”) de autoría anónima que narra el viaje a Jerusalén, Asia y África de Juan de Mandevilla: “Mas faze tan grant calor en aquesta isla/ et por la grant destreza dela calor los perpendiculos de lombre & los collones sallen fuera del cuerpo...”. “Así, -sigue exponiendo María Águeda Moreno- la forma ‘collone’ aparece genéticamente emparentada con la voz del latín vulgar ‘coleo-onis’  (testículo) y ésta del griego clásico”.

sábado, 12 de agosto de 2017

A propósito de la muerte de Terele Pávez





Me entero de que acaba de morir ayer viernes la actriz Maria Teresa Ruiz Penella, de nombre artístico Terele Pávez, hija del obrero tipográfico de El Ideal, afiliado a las JONS y diputado por Granada entre 1933 y 1936 dentro de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso y de Magdalena Penella, hija del músico Manuel Penella Moreno, autor de opera, revistas y zarzuelas. Su mayor éxito fue  “El gato montés”, estrenado en 1916 en el Teatro Principal de Valencia y con el que en 1919  obtuvo un gran éxito en el Park Theatre de Nueva York. En 1932 estrenó, en Barcelona, su ópera de cámara “Don Gil de Alcalá”. También es autor de “La Maredeueta” que la hizo popular Concha Piquer. El maestro Penella falleció en México, en 1939. Ramón Ruiz Alonso, padre de la hoy fallecida, fue el que detuvo a Federico García Lorca en la calle Angulo, de Granada, en casa de los Rosales. Ramón Ruiz Alonso en las elecciones de febrero de 1936 volvió a revalidar su escaño de diputado pero, tras una sospecha de fraude, las elecciones tuvieron que ser repetidas en Granada y Cuenca, y no obtuvo el acta. Al perder su escaño hizo un intento por  militar en Falange Española, pidiendo a José Rosales entonces jefe de Falange en Granada que intercediese ante José Antonio. Pero José Antonio no admitió que fuese “liberado” con un sueldo mensual de 1.000 pesetas, que era lo que entonces cobraba un diputado. Tras el estallido de la Guerra Civil, Alonso se afilió a Falange y fue uno de los organizadores del batallón “Pérez del Pulgar”.El batallón se disolvió cuando gran parte de sus componentes se pasaron al lado republicano cruzando las líneas del frente. Con la victoria de Franco, Ramón Ruiz Alonso no disfrutó de ningún cargo público. Tuvo cuatro hijas, tres de ellas actrices: Emma Penella, Elisa Montes (casada con el actor Antonio Ozores) y Terele Pávez. La otra hija, la pequeña, María Julia, se casó con un norteamericano y fijó su residencia en Las Vegas (Nevada). Ruiz Alonso enviudó en 1974, abandonó el barrio madrileño de Fuencarral y se marchó a vivir a la urbanización La Florida, donde tenía su domicilio Emma Penella. Según he podido leer en Granada Hoy (14/02/2010) “el último periodista que consiguió hablar con Ruiz Alonso, y obtener una entrevista personal en su casa de Madrid, fue Eduardo Molina Fajardo, director del periódico falangista Patria, de Granada. Estuvo detrás de él entre 1970 y el 29 de marzo de 1975 en que lo consiguió. A partir de ese día, no tenemos conocimiento de que accediera a hablar con nadie más sobre la muerte de Federico García Lorca. Tampoco sabemos si dejó escritas sus memorias bajo el título “Así se escribe la historia”. Sus miedos se fueron acrecentando, se sentía vigilado, quizás amenazado. Su hija Emma relató cómo pidió que le comprasen un pastor alemán para hacerle compañía en casa, hasta que se fue a vivir con ella. Dejó de vérsele por la calle aunque no salía mucho. El aluvión de información sobre la muerte de García Lorca le hizo sentirse muy incómodo. Con Franco vivo debió sentirse protegido, pero durante la agonía del dictador se llenó de intranquilidad y tomó la decisión de perderse para siempre”. (...) “Tan sólo unos días después de haber enterrado a Franco, el denunciante de Lorca se pasó por la embajada de EEUU en Madrid y solicitó visado para emigrar temporalmente. Después fue al Instituto Nacional de Emigración para completar la documentación. En su expediente, al que hemos tenido acceso, figuran sus datos y la última fotografía que se hizo en España. Ruiz Alonso se personó en el Servicio Provincial de Encuadramiento y Colocación de Madrid, perteneciente a la Organización Sindical, el día 5 de diciembre de 1975. Rellenó solicitud para emigrar a ultramar, concretamente a EEUU. Se dirigió a la Organización Sindical solicitando rebaja en el pasaje. El expediente abierto número 100631 fue resuelto el 14 de diciembre de 1975 de manera favorable, según nos ha relatado el funcionario que le atendió. Se le consiguió vuelo desde Barajas para el día 7 de enero de 1976. En su hoja de solicitud escribió los siguientes datos: Ramón Ruiz Alonso, domiciliado en Madrid, calle Maestro Chapí, 7, nacido el 14 de noviembre de 1903 en Villaflores, Salamanca, hijo de Ricardo y Francisca, de estado civil viudo, de profesión jubilado, con DNI 50.012.507, etcétera. Después se personó en la Embajada de EEUU para solicitar visado de turista, que le fue concedido desde el 15 de diciembre de 1975 hasta el 15 de abril de 1976. Aportó pasaporte M159862/73, con vigencia hasta el 23 de noviembre de 1978. El motivo de su viaje era turista y su destino el domicilio de su hija menor, situado en el 3576 Llear Lake, Las Vegas 89030 (Nevada)”. (...) “La residencia de su hija María Julia y su yerno Ward Messing en Las Vegas es una especie de adosado, estilo americano; allí pasó Ramón Ruiz Alonso los dos últimos años de su vida. Para ello, renovó periódicamente el visado de turista. Falleció en 1978 de muerte natural, a punto de cumplir los 75 años. Cuatro años después sus restos fueron trasladados en una urna y depositados en el panteón familiar de los Ruiz Penella, en la Sacramental de San Justo de Madrid. Allí reposan de forma anónima desde el 17 de octubre de 1982”. Poco se puede añadir al lector sobre la muerte de García Lorca. Está todo documentado. La orden de su fusilamiento llegó desde Sevilla, de Queipo. Pero nunca supieron sus asesinos el verdadero paradero de Fernando de los Ríos, que era en realidad la persona buscada. Cuando estalló la Guerra Civil se encontraba en Ginebra visitando a Pablo de Azcárate, que era secretario general adjunto de la Sociedad de Naciones. Ambos se desplazaron a reorganizar la embajada española en Francia, de la que De los Ríos se hizo cargo hasta la toma de posesión de Álvaro de Albornoz. Entre el 31 de agosto y el 5 de octubre de 1936 ejerció de rector de la Universidad de Madrid, que durante la guerra se vería obligada a trasladarse a Valencia. Posteriormente fue nombrado embajador en los Estados Unidos, permaneciendo al frente de la legación republicana hasta el final de la guerra, pasando entonces a ejercer como profesor en la New School for Social Research de Nueva York, ciudad en la que fijó su residencia hasta su muerte en esa ciudad el 31 de mayo de 1949.

viernes, 11 de agosto de 2017

El silencio de los intelectuales





Como bien señalaba ayer Francesc de Carreras en una columna de El País, “los ministerios y las consejerías de Cultura sirven, sobre todo en la actualidad, para dar prebendas y subvenciones con la finalidad de acallar a los críticos con el poder, impedirles ejercer su función creativa. Más cultura no es aumentar el presupuesto de cultura, en muchos casos es exactamente lo contrario. ¡De ahí el silencio de los intelectuales!”. A estas alturas de curso político, Íñigo Méndez de Vigo, ministro de Educación, Cultura y Deporte, además de portavoz del Gobierno, debería saber que hoy se regalan libros que nunca se leen, que muchos ciudadanos no asisten al cine o al teatro por no tener que pagar un plus del 21% de IVA, que casi nadie lee a Ortega ni a Schopenhauer ni saben quién fue el Conde-Duque de Olivares por la sencilla razón de que no leen historia ni los ensayos de Gregorio Marañón. Ni les interesa El Greco ni el fox-trot ni el lenguaje de las flores. En televisión se machaca al  espectador con concursos de cocina y de cocineros, que es lo que aquí interesa porque el turismo aporta ya el 13% al PIB. Méndez de Vigo, barón de Claret, es sobrino de Carmen Díaz de Rivera, hija bastarda de Ramón Serrano Suñer,  nieto de Carmen de Icaza y, aunque de lejos, está emparentado con María Cristina Muñoz y de Borbón, marquesa de la Isabela, quinta hija de María Cristina de Borbón Dos Sicilias y del duque de Riansares. Ana Germana Bernaldo de Quirós y Muñoz (1866-1934) marquesa de Atarfe y nieta de la reina gobernadora, se casó dos veces. La segunda vez con Manuel Méndez de Vigo y Méndez de Vigo. El actual ministro de Cultura es, según  se desprende, de familia  de “rancio abolengo”. Algo a destacar en un país trufado de servidores públicos de dudosa eficacia, de cocineros de chiringuito y de camareros de mesas de velador. España se ha convertido en el país de las 60 peonadas, de los contratos basura, de los docentes interinos y de los ganapanes y vendedores de humo que han hecho de la política su forma de vida. La cultura independiza al ser humano, pero también los empleos dignos. Un país donde el IVA de los cines y de la música grabada llevan añadido un tipo impositivo del 21% de IVA, cuando a los espectáculos taurinos se les aplica el 10% desde el pasado 29 de de junio, y a las revistas pornográficas sólo un 4%, da idea de cómo anda el aceite del candil de Mariano Rajoy. Francesc de Carreras señala en esa columna del diario madrileño que “hace ya bastantes años, la UNESCO estableció doscientos conceptos distintos de cultura. Una tarea inútil pero con una conclusión significativamente peligrosa: la cultura no es nada y es todo. Es decir, se trata de una palabra banal, polisémica, cualquier actividad humana es cultura, todas las culturas son igualmente valiosas, no hay jerarquía entre ellas”. Este es un país donde hasta se paga un “impuesto al sol” en beneficio de las compañías eléctricas. Día llegará en el que pagaremos también un “impuesto a la luna” (que se añadirá al precio de las latas de conservas), al ser ese satélite responsable de las mareas vivas y de los consiguientes amarres en puerto de los barcos palangreros. Será un nuevo impuesto a las latas de Vigo ideado por Montoro. Vamos, un lío...

jueves, 10 de agosto de 2017

Ireneo Miravalles





Nueve gramos de pólvora fueron suficientes como para que Ireneo Miravalles fuese despedido de la empresa. Eran las fiestas de la barriada y todo parecía en orden hasta el momento de la siesta. Fue entonces cuando Ireneo Miravalles, miembro de la comisión de festejos, lanzó un cohete de varilla que avisaba a la chiquillería que iban a dar comienzo unas carreras de cintas. Todo estaba preparado. Ireneo Miravalles lanzó el cohete con la mala fortuna de que fue a entrar por una de las ventanas de la residencia del director, donde echaba la siesta un alto cargo de la  casa central de Madrid llegado el día anterior para dar realce a las fiestas. La explosión fue inmediata. Ireneo Miravalles no sabía dónde meterse. Al instante apareció el alto cargo en la ventana. Estaba en calzoncillos “cañamares” y camiseta. La camiseta lucía un ancla en el pecho. Miró a los presentes y de inmediato pidió culpables. Silencio.
--Bueno, no ha pasado nada para lo que podría haber pasado--, sentenció Vladimiro Huguet, que aparentaba ser buen compañero, pero cojo.
--Sí, sí ha pasado, gritó el alto cargo de Madrid. A ver, ¿quién ha sido?
De nuevo el silencio. La banda de música de Ateca, dirigida por el maestro Cortesías, por quitar hierro al asunto comenzó a interpretar el pasodoble Amparito Roca. Las parejas comenzaron a bailar y un chiquillo aprovechó sentado en un bordillo para poner la cadena en el piñón de su bicicleta. Un tren de mercancías cargado de coches Seat 1400 silbó a toda velocidad. Hubo un momento en el que no se escuchaba la música. La barra del ambigú comenzó a llenarse de gente.
--Hay que ver cómo ciega la sed de venganza—exclamó Margarita, la esposa del contramaestre, a un presbítero devorado por la ocena y que tampoco se daba por aludido.
--Y que lo diga usted, Margarita, y que lo diga usted... Los cohetes hay que cebarlos  una vez dispuestos en la lanzadera de madera para que haga de guía y proteja la mano. Sin la lanzadera ya ve usted lo que puede ocurrir. Podía haber matado a ese forastero.
-- Ay, padre, usted siempre poniendo chinitas en el camino.
El alto cargo se marchó a Madrid en el primer tren con un tapón de algodón en cada oído. En la estación fue despedido por el director, el administrador y varios jefes de negociado. Y en el andén, la banda de música de Ateca interpretó para despedirle el pasodoble Churumbelerías. Vladimiro Huguet le contó algo en voz baja al jefe de estación. Éste se santiguó y sin abrir la boca marchó hasta donde se encontraba la locomotora para darle la salida con el silbato y el rojo banderín plegado por encima de su hombro en un aseado jeribeque. Al poco comenzó a llover. Ireneo Miravalles permanecía cabizbajo en la puerta de la capilla donde esa misma mañana se había celebrado una misa cantada. Estaba solo, como Robinsón en Tapanimba. Temía a que Vladimiro Huguet, que aparentaba ser buen compañero, aunque cojo, se fuese de la lengua y lo despidiesen. De la cocina de una casa cercana salía la voz quebrada de Manolo Caracol cantando el Romance de Juan de Osuna: “La manita en el evangelio/ la pongo, que yo me muera, / que yo no he matado a nadie/ de noche en la carretera. / Mi lunita clara, / eres mi sangre y mi vida, / por lo mucho que yo te quería/ te vas sin volver la cara...” A Ireneo Miravalles le despidieron al día siguiente. Siempre tuvo la certeza de que no había cojo bueno.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Alburnía, albornía, alboronía





Ruperto de Nola es el autor de Llivre del Coch, recetario de cocina catalana impreso en el siglo XVI en Barcelona. Y en ese libro hace referencia a dos recetas a la morisca y a la alburnía. Los dos platos a la morisca son de verduras: “berenjenas a la morisca” y “calabazas a la morisca”. Tanto las berenjenas como las calabazas se cocían con leche, queso, yemas de huevo, azúcar y especias. La alburnía era un pastel de higos amielados y rosas rojas. Se sobreponían en capas. La alburnía (el diccionario de la RAE la denomina albornía) era, en realidad, un recipiente grande de barro vidriado en forma de taza en el que se dejaba reposar el pastel de higos durante 20 días. Con la albornía ha sucedido como con la paella, que es el recipiente en forma de sartén con dos asas donde se hace el “arroz  a la valenciana”. En el caso de las “berenjenas a la morisca”, Ruperto de Nola  “pide que las berenjenas sean bien sofritas con tocino, pero inmediatamente corrige y aclara, o con aceite que sea dulce, que los moros no comen tocino...” A la alburnía, en Andalucía se la denomina alboronía, vocablos ambos procedentes del árabe barniyyah. La alburnía (sin tomate añadido, puesto que todavía no había llegado de América) fue el antecedente del pisto manchego, la chanfaina, el tumbet mallorquín, la escalibada catalana, la ratatouille provenzal, la kapunata de Malta y la moussaka griega. La actual “alboronía” (nada que ver con la alburnía a la que hacía referencia Ruperto de Nola) es un pisto andaluz a base de berenjenas, tomate, calabaza y pimientos, todo ello picado y revuelto. O sea, a mitad de camino entre las “berenjenas a la morisca” y las “calabazas a la morisca”. El Llivre del Coch fue el volumen más antiguo que apareció en lengua catalana en 1520 pero no es el más antiguo de la literatura culinaria española. Parece que lo fue el Llivre de cuina de Sent Soví. Ruperto de Nola, en su primera edición, contaba que fue cocinero de Fernando de Nápoles, bastardo de Alfonso el Magnánimo. La observancia en su libro de preceptos cuaresmales, abolidos en 1491, indica que fue escrito antes del Descubrimiento de América ocurrido un año más tarde. Por expreso deseo de Carlos I, el Llivre de Coch fue publicado en castellano en 1529. Cuatro años antes, Francisco Pizarro ya había hecho su primer viaje exploratorio a Perú. La cultura culinaria y el manejo de las especies se extendieron a ambos lados del Atlántico para gozo de los paladares más exigentes. Algunos productos recién llegados, sobre todo la patata y las tortas de borona de maiz, salvaron pasado el tiempo la hambruna de media Europa.

martes, 8 de agosto de 2017

Zurita, poeta olvidado





Pedro Ignacio López García, en un suelto publicado en El Norte de Castilla en 2009, hacía referencia a la obra y figura de Marciano Zurita (Palencia, 2/11/1884-Madrid, 26/1/1929), según él, uno de los mejores poetas del Modernismo español. Y en el número 1430 del suplemento de ABC, octubre de 1918, Marciano Zurita, autor del Himno de la Ciudad de Burgos, describía la provincia de Santander de un modo muy personal: “De un lado el mar bravío con su música extraña y sus lomas de fiera y sus verdes pupilas; de otro lado, la grave quietud de la montaña con su rústica gente y sus blandas esquilas”. Nunca supe a quién pertenecían las esquilas (esas campanas pequeñas y toscas, generalmente cilíndricas y hechas con chapa de cobre o hierro que se cuelgan del cuello de las ovejas y cabras) si a la montaña o a la gente rústica. Desconozco, por otro lado, si Marciano Zurita se inspiró en una cómoda butaca de su cuarto de estar, mirando al mar en El Sardinero, o sentado en medio de los extensos bosques del valle de Valderredible, que rezuman soledad y aislamiento. Decía López García que “hoy, en el Ayuntamiento de Palencia puede verse el retrato de Zurita de cuerpo entero obra de Asterio Mañanós, pintado en 1923, que regaló su hijo Rafael en 1984. En Burgos, una calle lleva el nombre de Zurita y Calleja (Rafael), autores, respectivamente, de letra y música del Himno a Burgos. En 1926, se les ofreció un banquete de homenaje en el que la ciudad de Burgos regaló al músico una batuta de plata, y al poeta, una pluma de oro”. En 1907dirigió El día de Palencia (fundado y dirigido anteriormente por su padre) y ese mismo año inició sus colaboraciones en el diario ABC y en el semanario Blanco y Negro. También comenzaron sus viajes por España donde ganó varias veces la flor natural en los Juegos Florales de distintas ciudades. En Burgos, con ocasión de un homenaje a Bécquer promovido por los hermanos Álvarez Quintero, conoció a  Dolores Souza. Se casaron en 1912. Tuvieron nueve hijos, de los que sólo sobrevivieron dos. Zurita escribió cientos de artículos, además de biografías, novelas cortas y hasta una historia del género chico. Tras aprobar unas oposiciones, llegó a ser jefe del Negociado de Secretarios de Ayuntamiento en el Ministerio de la Gobernación en Madrid. Pasó mucho tiempo enfermo de tisis en un sanatorio de la Sierra de Guadarrama. Entre su extensa obra destaca: El triunfo del silencio (1912), La musa campesina (1913), Pícaros y donosos (1916), y  Castilla (1924). He aquí su poema La yanta: Negra cocina aldeana. / Rojo fogaril casero. / Vajilla talaverana. / Barreñón celeminero. / Ancha botija de azumbre /que pasa de mano en mano. / Y en la trébede, a la lumbre, / el puchero castellano. / Se charla de sembradura, / y de monda, y de molienda..../ Todo del tiempo pasado / evoca el vivir glorioso. / Todo está santificado / por aquel santo reposo. /Y para hacer más lúcida / la yanta que se festeja, / mientras cuece la comida/ impónese la conseja. /Y el más viejo de la grey, /dice acompasado y quedo: /"Pues, señor, este era un rey, / un rey moro de Toledo...” Falleció de tuberculosis pulmonar el 26 de enero de 1929, en el madrileño domicilio familiar de Diego de León, 59, 4º dcha., y fue enterrado en el Cementerio de la Almudena. El suplemento de ABC publicó un elogio funeral de 40 líneas en la página 55 el 3 de febrero de ese año con foto de Portela.