jueves, 10 de agosto de 2017

Ireneo Miravalles





Nueve gramos de pólvora fueron suficientes como para que Ireneo Miravalles fuese despedido de la empresa. Eran las fiestas de la barriada y todo parecía en orden hasta el momento de la siesta. Fue entonces cuando Ireneo Miravalles, miembro de la comisión de festejos, lanzó un cohete de varilla que avisaba a la chiquillería que iban a dar comienzo unas carreras de cintas. Todo estaba preparado. Ireneo Miravalles lanzó el cohete con la mala fortuna de que fue a entrar por una de las ventanas de la residencia del director, donde echaba la siesta un alto cargo de la  casa central de Madrid llegado el día anterior para dar realce a las fiestas. La explosión fue inmediata. Ireneo Miravalles no sabía dónde meterse. Al instante apareció el alto cargo en la ventana. Estaba en calzoncillos “cañamares” y camiseta. La camiseta lucía un ancla en el pecho. Miró a los presentes y de inmediato pidió culpables. Silencio.
--Bueno, no ha pasado nada para lo que podría haber pasado--, sentenció Vladimiro Huguet, que aparentaba ser buen compañero, pero cojo.
--Sí, sí ha pasado, gritó el alto cargo de Madrid. A ver, ¿quién ha sido?
De nuevo el silencio. La banda de música de Ateca, dirigida por el maestro Cortesías, por quitar hierro al asunto comenzó a interpretar el pasodoble Amparito Roca. Las parejas comenzaron a bailar y un chiquillo aprovechó sentado en un bordillo para poner la cadena en el piñón de su bicicleta. Un tren de mercancías cargado de coches Seat 1400 silbó a toda velocidad. Hubo un momento en el que no se escuchaba la música. La barra del ambigú comenzó a llenarse de gente.
--Hay que ver cómo ciega la sed de venganza—exclamó Margarita, la esposa del contramaestre, a un presbítero devorado por la ocena y que tampoco se daba por aludido.
--Y que lo diga usted, Margarita, y que lo diga usted... Los cohetes hay que cebarlos  una vez dispuestos en la lanzadera de madera para que haga de guía y proteja la mano. Sin la lanzadera ya ve usted lo que puede ocurrir. Podía haber matado a ese forastero.
-- Ay, padre, usted siempre poniendo chinitas en el camino.
El alto cargo se marchó a Madrid en el primer tren con un tapón de algodón en cada oído. En la estación fue despedido por el director, el administrador y varios jefes de negociado. Y en el andén, la banda de música de Ateca interpretó para despedirle el pasodoble Churumbelerías. Vladimiro Huguet le contó algo en voz baja al jefe de estación. Éste se santiguó y sin abrir la boca marchó hasta donde se encontraba la locomotora para darle la salida con el silbato y el rojo banderín plegado por encima de su hombro en un aseado jeribeque. Al poco comenzó a llover. Ireneo Miravalles permanecía cabizbajo en la puerta de la capilla donde esa misma mañana se había celebrado una misa cantada. Estaba solo, como Robinsón en Tapanimba. Temía a que Vladimiro Huguet, que aparentaba ser buen compañero, aunque cojo, se fuese de la lengua y lo despidiesen. De la cocina de una casa cercana salía la voz quebrada de Manolo Caracol cantando el Romance de Juan de Osuna: “La manita en el evangelio/ la pongo, que yo me muera, / que yo no he matado a nadie/ de noche en la carretera. / Mi lunita clara, / eres mi sangre y mi vida, / por lo mucho que yo te quería/ te vas sin volver la cara...” A Ireneo Miravalles le despidieron al día siguiente. Siempre tuvo la certeza de que no había cojo bueno.

No hay comentarios: