viernes, 22 de septiembre de 2017

Espejo hendido por los años





En “Doce fotografías al minuto”, Camilo José Cela hace referencia a Sansón García Cerceda y Expósito de Albacete, fotógrafo ambulante. Y dice de él que “cuando metía la jeta por la manga de luto de su máquina de retratar, miraba con el ojo diestro, porque el siniestro, por esas cosas que pasan, se lo había dejado en Sorihuela, en la provincia de Jaén, el día de San Claudio del año de la dictadura, en una discusión desafortunada que tuvo con un francés..., etcétera”. Y páginas más adelante (“Sansón García tiene ganas de hablar”), se señalan, aunque de refilón, a las fiestas de Calatayud. No se especifica  qué fiestas, si las de San Roque a mediados de agosto, o a las que se celebran en honor de la patrona, la Virgen de la Peña, a primeros de septiembre. Lo cierto es que no es la primera vez que Cela nombra a Calatayud. Ahora me viene a la cabeza su ensayo sobre  José Gutiérrez-Solana al referirse al lebeche (algunos lo escriben con “v”), ese viento que “levanta dolor de cabeza en los marineros, que nace en Santander y va a morir a Zamora después de haberse pateado Santoña y Medina del Campo, Valladolid y Segovia, Ávila y Oropesa, Tembleque y Plasencia, Calatayud y Terrer”. Y dos o tres páginas después describe lo que cuenta Gutiérrez-Solana sobre Terrer en “La degollación de los inocentes”: “En Terrer, (Gutiérrez-Solana escribe con manifiesto error Terrier en las pp. 201, 219, 220 y 256) poblacho del partido judicial de Calatayud en el que ejerce de barbero el practicante Lorenzo Camuesco..., etcétera). Pues bien, en un momento dado de su conversación, Sansón García enseña una fotografía de  Wenceslao  Bata, alias Sincronismo. “El Wenceslao –señala Sansón García- era un artista muy autodidacta y muy corpulento que andaba con unos contoneos muy marciales, casi de alabardero, y que se rizaba el bigote con tenacilla”. (...) “Sus telones para fotografías artísticas tenían fama por todo el reino de Valencia” (...) “Lo que mejor  le salían eran las Giraldas, las Alambras, los Generalifes y las balaustradas....”. (...)  “Sin ir mas lejos, un canónigo de Teruel que se llamaba don Sulpicio Liendre me dijo un día, en las fiestas de Calatayud: --Oiga usted, señor retratista, ¿por cuánto me vendería usted el telón?--, etcétera”. Al actual alcalde de Calatayud, José Manuel Aranda Lassa, le pediría que procurase hacer dos huecos en el callejero bilbilitano: uno de ellos para el pintor Gutiérrez-Solana por haber pateado y pintado Calatayud y su alfoz durante los años 20, como quedó demostrado en su “España negra”; otro, para Camilo José Cela, por haberme distinguido con su amistad.

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