viernes, 24 de noviembre de 2017

Odiosas visitas




Hace tiempo que decidí poner en casa sillas con base de madera para que las visitas inesperadas se marchasen pronto. No hay cosa peor que tener que soportar una visita que ni esperas ni te agrada y con la que no sabes de qué hablar. De repente te cuentan cosas que ya ni recuerdas, o te describen la enfermedad de un pariente con la precisión del doctor Marañón. Escuchas sin prestar atención, como el que oye llover. No sé por qué razón, esas visitas inesperadas sólo saben hablar de enfermedades y de pisos. Han visitado todas las ofertas en urbanizaciones, se saben de memoria dónde están los cuartos de baño, los equipamientos de las cocinas, si son grandes o pequeñas... Y cuando terminan con los apartados de enfermedades propias o ajenas y de hablar de los últimos pisos visitados, aparece el tema de la política. No sé la razón, pero enseguida señalan lo exiguo de sus pensiones "por culpa del Gobierno". Ninguno reflexiona sobre lo poco que cotizaron durante su vida laboral. El colmo de mi desesperación aparece cuando comentan lo bien que ejercían sus respectivos cargos Esperanza Aguirre, en la Comunidad de Madrid, y Rita Barberá en la Alcaldía de Valencia. Llegados a ese punto, ya no sé si echarles sal en el café o salir de casa con la excusa de comprar tabaco y regresar con un ramillete de petardos. He llegado al convencimiento de que las sillas con base de dura madera no son disuasorias. Algunas visitas parece que tuviesen el culo de fakir. La próxima vez probaré con bombas fétidas, con el huevo perforado dentro de una caja de zapatos, o con el frasco con cabezas de cerillas y amoniaco, a fin de lograr sulfuro de amonio. Si aún así no se marchan, ¡mátame, camión! Las visitas inesperadas de personas con las que no tengo relación de amistad son como la entrada de avispas por la ventana y tan absurdas como la persecución a indigentes por parte del cobrador de frac.

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