jueves, 30 de noviembre de 2017

Pueblos silentes



En España existen muchos pueblos casi vacíos. Hoy leo en El Mundo el caso de un médico de familia que ejerce en Aragón y está a punto de jubilarse, José Luis Remartínez, y sus patéticas declaraciones: “Sólo hacemos recetas y certificados de defunción.  Salíamos de la Facultad con lo justico, como cuando te dan el carné de conducir. Yo lo único que me llevé fue el maletín, el fonendoscopio y el aparato de la tensión. Rezaba el Padrenuestro todos los días...”. Ese diario señala sobre ese médico que “en su consultorio en Báguena, comarca del Jiloca, hay una bata blanca que sólo se pone para quitar tapones de los oídos, el póster de un esqueleto y la carta de agradecimiento que le escribieron unos niños en Navidad. Nada permite deducir que está de retirada, pese a que su jubilación tiene fecha: 26 de enero”. Y el doctor Remartínez asegura, medio en serio, medio en broma, que “lo primero que haré es ir al cementerio a pedir perdón”. No sé, se me antoja como un cuento triste de Chéjov. Los pequeños pueblos, cada vez más envejecidos, pierden maestros, sacerdotes, médicos, las oficinas de Farmacia y hasta cuarteles de la Guardia Civil. Son lugares donde ya no nacen niños y sólo se animan en verano, con la llegada de parientes desde otros lugares  con motivo de las fiestas patronales y que aprovechan para arramplar con lo que pillan. Pero a sus habitantes parece como si se les estuviese dejando vivir a su suerte. Lo malo llega con los largos inviernos, con pocas horas de luz y mucho tiempo para darle a la cabeza. Menos mal que disponen de aparatos de televisión y pueden ver en casa o en el café alguna película y el telediario que cuenta lo que sucede en el mundo. Tampoco les satisface. Escuchan que el PIB modera su crecimiento, que se estancan las exportaciones, que sube el recibo de la luz por culpa de la sequía, que se detecta un nuevo caso de vaca loca en Salamanca, que Pyongyang sigue lanzando cohetes... Y viendo noticias, telenovelas y un bombardeo de anuncios que no cesa, se quedan amodorrados y silentes al calor de la catalítica.

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